| ARQUEOLOGÍA
RESCATANDO UN SUEÑO
Por María Teresa Mézquita / Fotos por Ygnacio Rivero Igual que otros estudiantes de arqueología, Beatriz Quintal conocía de memoria los grabados hechos por quienes descubrieron las antiguas ciudades mayas de Yucatán. En uno de esos dibujos, casi cinematográfico, dos hombres admiran una cara de grandes dimensiones tallada sobre un muro: la típica imagen del dios mitológico que aparece durante alguna expedición por la selva. "¡Un hallazgo así es el sueño de cualquier arqueólogo!", se dijo Beatriz. Nunca imaginó que diez años más tarde, ella protagonizaría una historia semejante. Nada sabemos de aquel mascarón probable representación del Sol, que John Stephens descubrió y Frederick Catherwood plasmó en 1840. Quizá fue robado o destruido, lo cierto es que únicamente conocemos el dibujo y que salvo el testimonio de ambos viajeros ingleses, nadie parece haber visto nunca la imagen. Muy distinto es lo que ocurre hoy en Acanceh, asentamiento rural del estado mexicano de Yucatán. En septiembre de 1997, allí fueron descubiertos tres mascarones adosados a una pirámide. Ese trío y otros vestigios arrojan nuevas luces sobre la antigua civilización maya. Responsable de los hallazgos y de sus análisis, Beatriz Quintal ha hecho realidad lo que, una década atrás, definió como "el sueño de cualquier arqueólogo". UN PUEBLO COMO TANTOS
Habitado por unos cuantos miles de personas, el lugar creció poco y sin prisa a lo largo de varios siglos. Durante ese tiempo, Acanceh fue desarrollándose en torno a diversas construcciones prehispánicas, ahora insertas en el casco urbano. Entre ellas destacan dos: la Pirámide y el Palacio de los Estucos. Singularmente, en Acanceh se dio una completa fusión entre el poblado actual y los edificios antiguos: junto a la Pirámide hay una tienda de comestibles, una panadería, varios predios particulares y un local (hoy abandonado) donde solían celebrarse reuniones de Alcohólicos Anónimos. Por su parte, el Palacio de los Estucos colinda con solares privados, donde la ropa se tiende a secar al sol y donde hay pozos domésticos para el abastecimiento de agua. A veces, en la calle, los jóvenes de Acanceh juegan futbol al pie de la monumental construcción. Esta convivencia equivale a tener en el patio de la casa un templo construido durante los primeros años posteriores a Jesucristo. Frente a la Pirámide se levanta el principal templo católico de la población; dedicado a Nuestra Señora de la Natividad, se lo construyó en el siglo XVI con piedras labradas que formaron parte de otros edificos mayas del lugar. BREVE HISTORIA Antes de iniciar sus trabajos en Acanceh, el equipo dirigido por Beatriz Quintal tuvo que remontarse muchos años atrás para encontrar datos fidedignos acerca del origen de esta población. Finalmente, pudo establecerse que en la zona hubo asentamientos humanos desde el año 300 a.C. Aunque próspero hasta el 1500, el sitio alcanzó su apogeo durante el Clásico temprano (300 a 600 d.C). Después vinieron la decadencia y el abandono, debidos al surgimiento de una ciudad mayor: la vecina Mayapán, que a partir del 1200 fue consolidándose como la urbe más importante del área. "La primera mención de Acanceh se tuvo en 1881 comenta Beatriz, cuando el explorador francés Desireé Charnay habló de varias pirámides hechas con bloques finamente labrados en uno de los montículos, similares a otras construcciones mayas de la zona. "De 1990 a 1992 vine junto a un equipo del INAH con el objeto de restaurar una pequeña sección de la fachada sur de la Pirámide y explorar y restaurar el Palacio de los Estucos." Ya en 1996 empezó el desarrollo del actual proyecto, el único integral de cuantos hubo en Acanceh. Mediante los nuevos trabajos fue posible determinar la superficie original de la población, que se calcula tuvo dos kilómetros cuadrados. No menos importante ha sido el registro de ciento sesenta estructuras, así como de múltiples vestigos correspondientes a una serie de cercas de piedra prehispánicas, que tuvieron la misma función actual: dividir entre sí las casas del poblado. También se comprobó que los habitantes originales de Acanceh solucionaron el abastecimiento de agua recurriendo a dos cenotes, uno situado en el centro de la población y otro a un kilómetro. LA PIRÁMIDE
La Pirámide tiene tres cuerpos escalonados; si se la contempla de lado, puede advertirse que en la misma estructura hay dos partes superpuestas: una primera pirámide, donde están los mascarones, ahora llamada subestructura (en algún momento, los mayas la cubrieron con piedras y otros materiales, para cambiar la fachada), y encima el edificio resultante, más austero. Un basamento casi destruido que acompaña a la subestructura tal vez fue una pirámide de menor tamaño, equivalente a las que solían ir junto a la cara principal de los edificios mayores. Por ello se piensa que en Acanceh la fachada de la Pirámide estuvo en el costado oriente del monumento. Otra característica distintiva de la Pirámide es la estrechez de los peldaños que suben hacia los mascarones. Beatriz opina que la escalera no fue concebida para subirla y bajarla frecuentemente, sino para elevar al personaje venerado. LOS MASCARONES
En Acanceh, el "Mascarón I", desenterrado tras muchas peripecias en uno de los costados de la Pirámide, está en posición de talud sobre el tercer cuerpo de la subestructura (la pirámide inferior, más antigua, que fue cubierta por otra, más reciente), en la escalinata norte de la pirámide. Mide 3.20 de ancho por 2.25 de alto y muestra algunos restos de pigmentación roja. Entre sus detalles más notorios hay dos orejeras con tres diseños básicos: volutas, nudos y espirales. Tiene también en la frente volutas o ruedas, así como formas especiales en los ojos. El izquierdo está parcialmente destruido y sólo se conserva parte del arranque de la nariz, perdida casi por completo. Igualmente hay vestigios de la boca y la barbilla está completa. A Beatriz le parece muy llamativo un detalle del mascarón: aunque resulta claro el propósito estético, los diseños de ambas orejeras no son idénticos. Una explicación es que cada orejera fue hecha por un artista distinto. Otra, más compleja según Beatriz, sostiene que los mayas, negándose a conseguir la perfección (exclusiva de los dioses y sólo digna de éstos), decidieron hacer sus obras ligeramente imperfectas para no mostrarse irrespetuosos hacia sus seres superiores.
Según los arqueólogos, los tres mascarones hallados indican, por lógica simetría, la probable existencia original de ocho: dos a cada uno de los cuatro costados de la pirámide. UN MONUMENTO EN EL PATIO Sin embargo, aunque los investigadores han volcado su interés sobre los descubrimientos recientes, algunos habitantes de Acanceh todavía miran a los monumentos arqueológicos como un par de acumulaciones de tierra. Así, los visitantes seguirán escuchando expresiones como ésta: "El otro cerro está aquí a la vuelta ¿quiere usted verlo?"... y resulta que dicho "cerro" es el Palacio de los Estucos, el segundo monumento de importancia en la ciudad prehispánica. Junto al Palacio, cuya reja encontramos cerrada con llave porque no está el custodio, hay una modesta vivienda que tiene a la base del edificio prácticamente metida en el patio. Allí, bajo el cobertizo, un grupo familiar alterna la comida con la charla. Una mujer muy delgada, de edad incalculable, viene hacia nosotros mientras va secándose las manos en la ropa. "¿Se puede pasar por aquí?", preguntamos. La respuesta, afirmativa, es más que concreta: "Cinco pesos".
Esta mole arquitectónica, asentada sobre un basamento o acrópolis, tiene 50 metros de lado por siete de altura, y data del Clásico tardío (800 d.C.-1000 d.C.). La planta arquitectónica es más compleja de lo que se suponía, puesto que incluye banquetas, alineaciones en forma semicircular y cimientos; lo que falta es comprender cómo se levantó esta peculiar estructura. En la parte superior del Palacio hay un templo de 13 metros de largo por seis de ancho, que alberga un friso decorado con estuco. Aquí pueden observarse altorrelieves antropozoomorfos, entre los que destacan figuras de monos, murciélagos y otros animales relacionados con el inframundo maya. En algunas esquinas sobrevive algo de los brillantes colores utilizados por los artistas de Acanceh para decorar el friso. EL FUTURO Para Beatriz Quintal queda mucho camino por recorrer, empezando con el plano del sitio, que continúa en elaboración. "El proceso resulta muy lento debido a que necesitamos entrar a las casas particulares y solicitar a cada propietario nos permita trabajar en los patios", comenta Beatriz. "Lo que sí es un hecho agrega, es que los remanentes arqueológicos aún no excavados rebasan en mucho el diámetro del pueblo que vemos hoy." Además, los investigadores consideran que todavía falta establecer una cronología del sitio, determinar cuál fue el sistema político de la ciudad y contestar muchas preguntas para las cuales no tienen respuesta. ¿Qué pasará después? Sólo el tiempo lo dirá. En julio de 1998 el equipo de arqueólogos que encabeza Beatriz Quintal estaba a punto de comenzar la tercera etapa de investigación. La apuesta por el futuro se veía más segura que nunca. Pero sólo la vieja Acanceh tiene la última palabra.
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