ARQUEOLOGÍA

LAS FIGURILLAS DE JAINA

Hace mil setecientos años, en una pequeña isla cercana a la costa del actual estado mexicano de Campeche, los antiguos mayas construyeron un centro ceremonial y lo llamaron Hanal (“casa de agua”). Para levantar edificios y templos tuvieron que acarrear toneladas de piedra caliza desde tierra firme. Siglos después, tras la llegada de los conquistadores españoles en 1519, el sitio cambió su nombre por Jaina, como hasta ahora se lo conoce.

Por Román Piña Chán

En la isla de Jaina han sido halladas numerosas tumbas prehispánicas donde, siguiendo la tradición maya, junto al muerto fueron colocados varios utensilios y una o más figurillas de barro. Éstas son las que le han dado justa fama al lugar.

    Si bien no hay una periodificación exacta, las figurillas parecen haberse producido entre 600 y 1000 d.C. Actualmente, estas extraordinarias esculturas —de entre veintidós y veinticinco centímetros de altura— son como documentos que permiten reconstruir y comprobar lo que se sabe de la sociedad maya de aquellos tiempos; así, es posible reconocer al Halach Uinic (“hombre verdadero"), gobernante y jefe de la guerra y quien era representado con lujosos y vistosos atavíos.

    En la Figura 1 se observa a uno de estos señores sentado en un banco o trono circular, en una postura llena de dignidad. Su rango es resaltado en la indumentaria, pues lleva como tocado un yelmo desmontable, compuesto de una cabeza de serpiente con plumas, y tiene la cara escarificada. Luce una pequeña barba —tal vez postiza—, una pechera con cuentas de jade, una camisa sobre un braguero y un abanico en la rodilla. Orejeras, muñequeras y sandalias completan el atuendo.

    Los señores principales vivían en buenos edificios, rodeados de una corte de nobles que tenían cargos administrativos en el gobierno y podían vestir con finas ropas y usar lujosas joyas. El Halach Uinic regía la vida de un grupo social que ocupaba una reducida extensión territorial; cuando era mayor, recibía el título de Ahau o “señor supremo”.

    Lo anterior tal vez se aprecia en el personaje de la Figura 2, que está de pie y ataviado para una ceremonia importante. Lleva en la cabeza un yelmo desmontable adornado con flores y un haz de plumas preciosas; su cabello está bien recortado, tiene escarificación en las mejillas, porta un suntuoso collar de cuentas verdes y orejeras de jade, lo mismo que un faldellín sostenido por un ceñidor con un extremo colgante al frente. También lleva muñequeras y sandalias con taloneras.

    Si bien el Halach Uinic podía realizar ciertas ceremonias religiosas, era el grupo sacerdotal el encargado de la religión, cultos, ritos y festividades. El sacerdocio se organizaba jerárquicamente. Al parecer desde el año 900 d.C. ya existía a la cabeza Ahau Can (“sacerdote de la serpiente”), quien era muy reverenciado y tenía asignados hombres que cultivaban sus tierras, además de recibir ofrendas y regalos en especie.

    La Figura 3 podría representar a un sacerdote. El personaje lleva en la cara una media máscara de piel o corteza que baja de las orejas a la barba, además de portar un collar de cuentas de jade con una mascarita del mismo material que puede interpretarse como el glifo Ahau o “señor”. Completa su indumentaria un ancho braguero con los extremos colgando hacia adelante y hacia atrás, a la vez que lleva un abanico, símbolo de rango entre las personas principales.

    Había otros sacerdotes llamados Ah Kines (“los del Sol”), quienes se encargaban de los rituales locales. Los denominados Nacomes realizaban sacrificios humanos; los adivinadores, Chilanes, eran muy respetados y auxiliaban al sacrificador sujetando a la víctima. Junto a los gobernantes principales estaban los Batabes, quienes se encargaban de administrar los asuntos de pueblos sometidos. Una de sus tareas principales consistía en cobrar los tributos del gobernante.

    La Figura 4 representa a uno de estos dignatarios locales. Lleva en la cabeza un gran sombrero de ala ancha y con una copa rematada tal vez en tres plumas. Tiene una pequeña barba y porta una especie de gorguera o madeja de algodón, tejida sobre una larga camisa abierta que le llega más abajo de la rodilla; al parecer, va descalzo.

    En la vida maya eran comunes festividades y ceremonias para los distintos dioses. En ellas se comían platillos especiales y se ingería balché, bebida hecha a base de maíz, miel y corteza del árbol del mismo nombre. También se practicaban el canto y el baile, las plegarias y la quema de incienso; se realizaban autosacrificios y sacrificios humanos, al igual que ayunos. En determinados meses hacían fiesta los cazadores de venado, los pescadores, los dueños de las colmenas y los propietarios de los plantíos de cacao.

    En la Figura 5 se aprecia a un individuo en actitud de declamación, el cual pudo ser uno de esos artistas que participaban en representaciones teatrales. Lleva una especie de gorro en la cabeza, orejeras colgantes, tiene una mano sobre la cadera y la otra extendida hacia el lado derecho; sobre el braguero, porta un sencillo faldellín.

    Los mayas tenían muchos dioses y algunos llevaban varios nombres; por ejemplo la diosa Ixchel (“arco iris”), también conocida como Ix U Sihnal (“Luna patrona del nacimiento”). Era la diosa lunar y patrona de las relaciones sexuales, de la procreación y del parto. Estaba asociada a los depósitos naturales de agua, a la vez que era diosa de la medicina y del tejido. Al parecer, como diosa del tejido era llamada Ix Chebel Yax (“la vieja diosa roja del tejido”) y las mujeres debieron formar una cofradía, incluyendo hilanderas, teñidoras y tejedoras de variadas telas.

    En la Figura 6 se puede observar a una dama de alcurnia, relacionada con el culto a la diosa; lleva un bastidor de madera labrado con una serpiente bicéfala y una madeja de hilo, a manera de ofrenda. Porta falda y túnica de color azul (relacionado con la religión) y en su cabeza deformada el cabello está trenzado con listones.

    Los mayas daban al juego de pelota un sentido religioso y podía asociarse con el Sol o con Venus. En el primer caso se consideraba que el ir y venir de la pelota en la cancha era como el desplazamiento del Sol por la bóveda celeste; en el segundo, era Venus que transitaba como estrella por las cuatro esquinas del engramado. El primer concepto se desarrolló entre los años 250 a 900 d.C. y el segundo entre el 900 y la conquista.

    Jugadores entrenados especialmente para competir entre ciudades se distinguían por su llamativa indumentaria. Como sólo podían pegarle a la pelota (que era grande y de hule macizo) con la cadera o el antebrazo, portaban anchas vendas protectoras del vientre y sostenidas por un cinturón o ceñidor, todo ello sobre un braguero. También llevaban un brazo forrado, anchas muñequeras y rodilleras. Esa indumentaria puede verse en la pareja de la Figura 7.

    En ocasiones especiales y en ciudades importantes se celebraban juegos para sacrificar al perdedor en honor del dios de la fertilidad de la tierra. En los sitios arqueológicos de Edzná, en Campeche, y en Chichén Itzá, Yucatán, se pueden observar representaciones de sacerdotes y sacrificadores ataviados como jugadores de pelota, con un cuchillo en una mano y la cabeza del jugador derrotado en la otra.

    La costumbre de decapitar al perdedor, practicada por otros pueblos mexicanos, como los totonacos de la costa del Golfo de México, fue llevada a la península de Yucatán. Por eso no es extraño que en la Figura 8 de Jaina se observe la influencia del centro de Veracruz, donde la figurilla hecha en barro naranja lleva en su tocado el relieve de un pez. La indumentaria del jugador de pelota es la misma que la descrita anteriormente.

    Los alfareros de Jaina, al copiar fielmente a la gente de su tiempo, plasmaron al tipo físico maya: de estatura baja, ojos oblicuos, nariz aguileña, pelo lacio y rasgos artificiales como la deformación del cráneo (hacía que frente y nariz casi se unieran), la mutilación e incrustación dentaria y la bizquera intencional. También representaron a la población en actitudes cotidianas: tejedoras frente al telar de cintura, enanos, músicos, enfermos, ciegos y viejos. En la Figura 9 se ve a una anciana con el pelo recogido en una trenza sobre la frente, así como a un cargador con un hombre obeso a la espalda.

    En Jaina hay un marcado contraste entre las figurillas modeladas y las moldeadas. Las primeras son prácticamente todas distintas; las segundas se duplican o triplican por la existencia de moldes. En todas ellas, sin embargo, se observa que el vestuario variaba según el estrato social y oficio de la persona; también dependía de los materiales locales y del comercio, de manera que la mujer campesina llevaba una falda, un huipil (vestido típico de la región, de una sola pieza y falda larga) y un manto de algodón para cubrir el pecho. Los personajes de alto rango podían llevar esas mismas prendas, pero bordadas o con diseños y adornos en hilos de colores, además de capas cortas y vistosa joyería de jade, concha y otras materias primas. En la Figura 10 se puede apreciar una figurilla modelada con estas características.

    Las influencias del centro de Veracruz, donde se producían las llamadas “caritas sonrientes” y las figurillas del asentamiento prehispánico de Nopiloa (hechas en barro anaranjado y pintadas de blanco), están presentes en Jaina. En la Figura 11 se aprecia a una adoradora con el pelo recortado y cayendo hacia atrás, con la boca entreabierta y los dientes mutilados; viste un huipil bellamente tejido y lleva encima un quechquemitl, especie de manto triangular que cubre las espaldas y el pecho de las mujeres, bordado con un diseño y un collar con hilos de cuenta.

    Siguiendo el mismo estilo de las figuras huecas, moldeadas y pintadas de blanco, destaca la Figura 12, en la que se aprecia el uso de un huipil corto decorado con rombos; encima lleva un quechquemitl con un diseño en el que sobresalen dos cabezas de animales y un collar. Tiene agujeros en las coyunturas de las extremidades, por los cuales podían atravesarse cordeles o hilos para usarla como títere.

    Las figurillas aquí mencionadas son sólo una pequeña muestra de las muchas que se exhiben en museos y colecciones privadas. Sorprendentes por la fidelidad del modelo humano y perfecta ejecución, son retratos de la gente de su tiempo, de la sociedad de la isla de Jaina. Fueron realizadas por artistas para los deudos de quienes morían y a éstos les sirvieron de acompañantes durante el viaje al más allá.

* El autor de este texto, Dr. Román Piña Chán, es profesor Emérito de Investigación Científica del Instituto Nacional de Antropología e Historia, México.


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