ARQUEOLOGÍA

EL RESCATE DE ROSALILA

Texto por Barbara W. Fash / Fotos por Ricardo Mata

Acurrucada en las estribaciones montañosas del oeste de Honduras, la ciudad de Copán fue un importante centro de artesanos. Aquí, como en ninguna otra parte del Mundo Maya, escultores y arquitectos produjeron sublimes obras plásticas para honrar a sus divinos gobernantes y reafirmar sus creencias. Buscando elevarse hasta las más altas cimas de perfección estética, estos artistas fueron tenaces en el empeño por superar a sus predecesores.

    Los mayas asentaron Copán a orillas del río del mismo nombre. El más importante núcleo arquitectónico, el Grupo Principal, es una plataforma artificial que con el paso de los siglos sus habitantes fueron haciendo más alta, construyendo edificios nuevos encima de los existentes. Hacia el 750 d.C., los cuatro edificios mayores de esta Acrópolis—las estructuras 11, 16, 22 y 26—tenían antecesores que se remontaban a los comienzos del periodo dinástico, unos tres siglos antes.

    Para conocer más sobre los edificios ocultos, a partir de 1986 el Proyecto Arquitectónico de la Acrópolis de Copán (PAAC), dirigido por William Fash, con la colaboración del Instituto Hondureño de Antropología e Historia, realizó túneles bajo un edificio denominado Estructura 26 y su hermosamente decorada Escalera Jeroglífica. En 1989, Fash le pidió al arqueólogo hondureño Ricardo Agurcia Fasquelle que excavara en la Estructura 16 y su complejo de construcciones más antiguas, por tratarse del edificio con mayor altura en toda la Acrópolis.

    El descubrimiento más sorprendente de estas excavaciones fue el templo localizado bajo la Estructura 16, el cual está intacto y ahora llamamos Rosalila.

    Construido en el 571 d.C., el templo estaba cubierto de estuco moldeado, el más bello trabajo de este tipo hasta ahora conocido en Copán. El procedimiento que solía seguirse para erigir un nuevo edificio era demoler parcialmente el techo de la estructura anterior, rellenar los aposentos con el cascajo y levantar encima la nueva construcción. Sin embargo, en el caso del Rosalila, el templo fue dejado por completo intacto, los dibujos policromos de estuco se recubrieron con una gruesa lechada del mismo material y luego se superpuso una capa de arcilla, antes de proceder a la siguiente fase de construcción.

    El enterramiento del Rosalila fue algo especial: ningún otro edificio se ha encontrado tan cuidadosamente conservado bajo la superficie del suelo. Los rituales de clausura fueron solemnes, como lo muestran entre otras cosas una gran ofrenda hallada en la cámara central y el ocultamiento de unos raros pedernales, envueltos en paño azul, cerca de la entrada principal. Casi toda la construcción, incluida la crestería (adornos verticales colocados en el techo de los edificios para darles altura y presencia, antes desconocidos en Copán), fue enterrada intacta, una prueba más de la reverencia que tuvo este templo.

    Agurcia y sus ayudantes excavaron el Rosalila hasta 1996, descubriendo los frágiles dibujos de estuco que embellecen la construcción. Ésta tiene unos catorce metros de alto y el área es de unos trece por diecinueve metros. Con el fin de no correr riesgos, muchas veces se juzgó suficiente descubrir una fracción mínima de los dibujos de estuco. El equipo realizó diseños de cada sección, que luego esta autora conjuntó para recabar la composición total de la estructura. Mediante pequeñas calas en la capa íntima de la lechada pudimos ver cuál era el tipo de distribución del color en el estuco. Los diseños sirvieron de punto de partida para la construcción de la réplica del Rosalila, que fue llevada a cabo entre 1993 y 1996, con el fin de que sirviera de pieza central en el Museo de la Escultura de Copán.

    La construcción de la réplica del Rosalila fue un procedimiento de varias etapas, seguido pensando específicamente en el museo. Dos talentosos artesanos locales, Marcelino Valdez y Jacinto Ábrego, realizaron la versión en arcilla de los dibujos de estuco, basándose en el diseño de la reconstrucción que hizo esta autora. Midieron exactamente cada sección de la decoración y luego mi diseño fue ampliado mediante una proyección de transparencias a escala de 1:1 y subsecuentemente lo trazaron sobre madera.

    Después de meticulosos cotejos con fotografías del original, se levantó la construcción de arcilla y se labraron los dibujos del estuco. Cada sección fue supervisada por mí y compulsada con el original, antes de moldearla en látex. Las porciones moldeadas se vaciaron, en secciones más pequeñas, en cemento reforzado y se llevaron al museo.

    Fueron levántandose bajo la guía del copaneco Ramón Guerra y se colocaron en la estructura del edificio, quedando fijadas en su lugar. La construcción de la estructura fue supervisada por Rudy Larios, restaurador arquitectónico del PAAC, y su ayudante Fernando López. Es de concreto reforzado y vigas de acero. Para completar las secciones de estuco se requirió entre tres y seis meses; todo el edificio exigió un año, con veinte albañiles y peones.

    Los estudios de las superficies pintadas del Rosalila revelaron una serie de repetidos recubrimientos, a veces incluso con cambio completo de la distribución de los colores. Examinando la parte interior de la capa de lechada, pude ver que aún se conservaban vívidos los amarillos, rojos y verdes. El rojo es el color predominante en el edificio, porque el rojo representaba la vida-sangre y el sol que se levanta por el oriente. Para nuestra suerte, Agurcia encontró uno de los pájaros pintados en la parte baja, que las capas de lechada no habían tocado pues, antes de enterrar el resto del Rosalila, se lo tapó con un muro.

    Aquí, por ejemplo, pudimos ver claramente que las plumas habían sido pintadas de verde y las garras de amarillo. Esto nos proporcionó una guía perfecta para pintar la réplica del museo.

    Las pinturas se aplicaron bajo protección de los elementos y en condiciones de sequedad, una hazaña en la temporada de lluvias tropicales. El equipo de moldeado de las esculturas—entre ocho y diez personas—ayudó también a pintar la réplica, así como lo hicieron entre diez y veinte estudiantes, instructores y conservadores.

TEMPLO SOLAR

La interpretación del mensaje escultórico se logra sólo dentro del contexto de la historia del edificio en sí. Los excavadores trabajaron bajo el Rosalila y descubieron versiones anteriores de este templo, que se remontan al fundador de la dinastía, Kinich Yax Kuk Mo. Hallaron dos tumbas reales en estructuras de tierra que cabe suponer son las del fundador y de una mujer noble, quizá su esposa. El simbolismo de estas estructuras se transfirió, en más bella escala, al Rosalila.

    Los temas centrales del Rosalila giran en torno a la adoración del antepasado fundador como divinidad solar. La construcción es una montaña sagrada, donde reside este antepasado. En los cuatro lados aparecen llameantes imágenes del dios solar. Sus extendidas alas de serpiente emplumada transforman al sol en una temible ave-reptil que presidía la vida diaria de los mayas. Más abajo, el dios aparece como pájaro, con características de un kuk-mo o quetzal-guacamaya. Es importante notar las alas verdes y la cabeza de quetzal sobre el rostro del dios y el pico amarillo de las guacamayas representadas en las alas de serpiente. Ello indica que se trata del fundador, Kinich Yax Kuk Mo (Quetzal-guacamaya azul-verde de ojos de sol), a quien estuvieron dedicados este templo y los anteriores. La crestería muestra a la deidad de la montaña con granos de maíz en la frente, evocando la imagen del monte sagrado donde nació el grano. Sobre la montaña, una calavera que simboliza la muerte. Las serpientes que fluyen de la calavera han sido interpretadas, como símbolos del cielo, del humo o representaciones de los chicchanes, serpientes sagradas.

    El Rosalila es uno de los últimos edificios cubiertos de estuco de la Acrópolis de Copán. Durante sus días de gloria estuvo rodeado de un patio con otros edificios también recubiertos de estuco. Poco a poco, empero, los edificios decorados con estuco fueron sustituidos por nuevos templos con escultura de piedra. Estas esculturas eran recubiertas a su vez con una lechada de cal, sobre las que se hacían las pinturas. Tal cambio de tecnología ocurrió hacia el 600 d.C. y en los siglos siguientes se fue perfeccionando. La estructura en piedra permitía más expresividad en las fachadas. Aunque en torno a ellos fueron surgiendo nuevos edificios, nunca dejaron de ser cuidados hasta el final. Sin embargo, tres siglos después, los sobrevivientes estucados de la Acrópolis acabaron por sucumbir a la nueva modalidad arquitectónica.

    A medida que un episodio de construcción condujo al siguiente, el Rosalila fue recubierto varias veces. La fase constructiva final, que vemos hoy sobre la superficie de la Acrópolis, tuvo lugar durante el reinado del soberano XVI, Yax Pasah.

*Barbara W. Fash es investigadora del Museo Peabody de la Universidad de Harvard, Estados Unidos. Junto a su esposo, William Fash, ha trabajado en Copán desde 1977 y es co-directora del Proyecto Mosaico Copán. En la actualidad dirige un programa cuya finalidad es estudiar y preservar la Escalera Jeroglífica de Copán.


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