ARTESANÍAS

LAS ALFARERAS DE AMATENANGO

Ubicado al fondo del valle de Teopisca, en medio de maizales que se pierden entre las montañas, está Amatenango del Valle: un caserío de teja y adobe, con apenas siete mil habitantes, a treinta y ocho kilómetros al este de San Cristóbal de las Casas, Chiapas. Este es el pueblo de las mujeres alfareras, las que nacen con el alma de terracota y el corazón de barro cocido, frágil y puro como la tierra de la región.

Texto y fotos por David Díaz Gómez

Desde el lado oriente de la población, subiendo el cerro por la salida a Comitán de las Flores, puede verse la mejor panorámica de Amatenango. En lo alto, va subiendo el blanco humo que se escapa entre árboles de patios y huertas. Así ubicamos los sitios en donde las alfareras están cociendo sus objetos artesanales.

    Las mujeres de Amatenango se hacen alfareras mediante una herencia oral y práctica que, generación tras generación, pasa de ancianas a niñas, de madres a hijas; es un legado que nació cuando se desconocían los tornos para moldear el barro y las piezas se cocían en hogueras, al aire libre y al ras del suelo.

    Lo primero que notamos al entrar a Amatenango es que en las calles y en las casas sobresale la presencia femenina. Por las ventanas y puertas se asoman más rostros de niñas que de niños. Después nos enteramos que los varones, si no están en las faenas campestres, trabajan en Teopisca, Comitán o San Cristóbal. Casi no se ven hombres en el pueblo, algunos pocos transitan por las afueras y otros platican en la plaza. Las mujeres parecen los únicos seres activos. Así como los hombres manejan las labores del campo, no hay persona del sexo femenino en Amatenango que desconozca el oficio de alfarera. Desde pequeñas aprenden a manejar el barro, igual que los hombres el machete, y cuando llegan a la edad adulta, ellas aportan con su producción y comercio artesanal una buena parte de los ingresos familiares.

    Las alfareras de Amatenango nos informaron que ellas mismas consiguen el barro fresco en un sitio conocido como El Madronal. El material no está en la superficie, por lo que tienen que escarbar uno y hasta dos metros de profundidad para localizarlo. La extracción se lleva a cabo al final del invierno, antes de la siembra del maíz y antes de las lluvias (febrero a mayo), cuando cada artesana saca de una vez el material suficiente para trabajar todo el año. Otros materiales que emplean son arena de río y una piedra brillante, la bash, que molida y mezclada con el barro permite otorgarle dureza a los objetos.

 


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