ARTESANÍAS
MANOS DE ÁMBAR

Los mineros de los altos de Chiapas
se arrastran por una hendidura hacia el corazón de la montaña, apenas
alumbrados por la luz de una vela. Van en busca de ámbar, milenaria resina
del Mundo Maya.
Por
David Díaz Gómez
Conforme a los diccionarios, el ámbar es una resina
fósil, de color amarillo, dura, quebradiza y aromática, proveniente de
diferentes árboles que poblaron la Tierra hace 27 millones de años. Desde
las primeras civilizaciones se le atribuían propiedades sobrenaturales,
y se le asociaba con diferentes cultos y prácticas religiosas entre los
pueblos de Oriente y del Mediterráneo.
Antes de la conquista española, ocurrida en el
siglo XVI, algunos pueblos de México y Centroamérica utilizaban el ámbar
para distinguir a los grandes soldados que no temían ni a la guerra ni
a la muerte. Los chiapanecas (pueblo de origen maya que ocupó el centro
del actual estado de Chiapas) usaban cristales de ámbar encajados en las
telas nasales que les hacía lucir la nariz “como trompa grande”, según
la descripción del fraile cronista Francisco Ximénez.
En esos tiempos, eran las regiones de Simojovel
y Totolapa quienes proveían de la resina fósil a los pueblos de Mesoamérica
(territorio ocupado por importantes culturas del continente y que abarca
del centro de México al sur de Honduras). Hoy, aunque en Totolapa continúa
practicándose la extracción de ámbar, es en Simojovel donde existen una
arraigada tradición artesanal y una próspera economía basada en la explotación
y comercio de esta resina.
Simojovel
se localiza en la región de las montañas del norte de Chiapas, entre la
meseta central y la planicie costera del Golfo de México. Es un territorio
húmedo, lluvioso, conformado por abundantes nudos de serranías que alcanzan
hasta dos mil metros sobre el nivel del mar. Los yacimientos de ámbar
se localizan, precisamente, en una docena de esas montañas. MUNDO MAYA
visitó las minas de Pauchil o Pabuchil, a un par de kilómetros del arroyo
Chanal-ocom.
HOMBRES TERMITA
Las minas son túneles de tiro y están abiertas en escarpadas laderas.
Los hombres van excavando el cerro hasta encontrar la capa de carbón que
contiene “el corazón del ámbar”, para lo cual perforan hoyos por donde
entran arrastrándose.
Mientras más antiguas las minas, sus accesos
son más grandes. Hay unas, que aseguran han sido explotadas durante doscientos
años, a las que se puede entrar caminando treinta o cuarenta metros. Pero
en la mayoría los mineros penetran en cuclillas, hincados o pecho a tierra
hacia diminutas galerías en las profundidades, abiertas por ellos mismos,
donde trabajan de rodillas, o sentados, en la total oscuridad, alumbrándose
sólo con la luz de una vela. Estos hombres son en realidad agricultores
de las comunidades cercanas a las minas, que aprovechan el intervalo entre
la cosecha y la siembra, de enero a mayo, para dedicarse a la extracción
del ámbar y mejorar su economía doméstica.
Los
mineros entran a las minas descalzos y semidesnudos, con la cabeza cubierta
por un trapo o pañuelo. Las herramientas de trabajo consisten en picos,
palas para remover escombros, y marros y cinceles (hechos con varillas
de acero de un centímetro de grueso y quince centímetros de largo) para
buscar el producto. Quitan los escombros en costales y a veces en rústicas
carretillas de madera. Para llegar a las bocas de las minas se sirven
de palos y troncos atravesados como escaleras.
El ambarero puede encontrar un cuarto o un octavo
de kilo de ámbar en bruto, en una jornada de ocho horas; a veces, nada
en varios días. Hallar piezas de cien gramos y hasta de medio kilo es
un golpe de suerte. Los trozos más grandes que se han excavado pesaron
tres kilos, pero son una rareza.
El
trabajo del ambarero es totalmente masculino; a veces, incluso los niños
participan colaborando con sus padres. Cuando lo hacen, dividen su vida
entre la agricultura y la extracción de ámbar, y presumen que aún les
queda tiempo para ir a la escuela, según dijeron un par de pequeños mineros
del lugar.
El mayor peligro del trabajo del ambarero no
está en el interior de la mina (ya que adentro el terreno es compacto),
sino afuera, donde siempre puede suceder que la capa superficial de la
ladera tenga un deslave que sepulte al minero. Por ello, se suspenden
las labores en la época de lluvias. Luego de extraer una cantidad considerable,
los mineros o sus esposas van hasta Simojovel a vender el producto. Ahí
lo adquieren artesanos y comerciantes, quienes llevan el ámbar tallado
o en bruto a diversos lugares de México y del extranjero.
NUEVO AUGE
Aunque la extracción y el labrado de piezas de ámbar en Simojovel vive
hoy (1999) una época de bonanza; hace treinta años, esta actividad se
hallaba en plena decadencia. Tras una visita realizada en 1969, los antropólogos
Carlos Navarrete y Thomas Lee narraron que no eran más de diez los hombres
que se dedicaban a extraer el ámbar y “no hay en Simojovel ningún joyero
que sepa engastar, lo que obliga a llevar las piezas a [las ciudades de]
Tuxtla Gutiérrez, Chiapa de Corzo y San Cristóbal, donde hay especialistas”.
Hoy
el panorama ha cambiado y la artesanía del ámbar es una actividad floreciente.
En las calles y en la plaza, en cada esquina, los visitantes son abordados
por hombres, mujeres y niños que ofrecen para su venta piezas de ámbar
en bruto o talladas. El barrio de San Caralampio es considerado el “barrio
del ámbar”. En una de cada cuatro casas hay personas o familias enteras
trabajando la resina fósil. Las autoridades manejan un censo de más de
doscientos ambareros y tres sociedades cooperativas abocadas a la extracción
y producción artesanal. Esto sin contar a la mayoría de los mineros, que
trabajan de diversas formas.
Para
elaborar sus obras de ámbar, los artesanos de Simojovel utilizan lijas
de agua, cuchillos y herramientas de joyería. Últimamente han comenzado
a emplear también cortadoras y pulidoras de motor e instrumentos propios
de odontólogos.
El resultado es una gran variedad de figuras.
Las más comunes son gotas, chupones (pacificadores), corazones, manitas,
cruces, triángulos, colmillos, estrellas. Más elaborados son los elefantes,
las pirámides, las letras y algunas imágenes geométricas. Los verdaderos
artistas del ámbar pueden hacer cualquier figura zoomorfa o antropomorfa,
real o de la mitología, dependiendo de la creatividad de cada quien y
del tamaño de la pieza en bruto.
Los
yacimientos de Simojovel son ricos en ámbar de color vino, negro o azabache,
café y blancuzco. Pero el más preciado es el amarillo, por su dureza y
variedad de tonos, que van del rosa al verde limón, y que se presenta
opaco o jaspeado, según su mezcla con polvo, tierra, hoja o musgo.
Solo o combinado con plata y oro, al ámbar puede
lucirse en collares, aretes, anillos, pulseras, prendedores y en cualquier
tipo de alhaja o joyería.
Para comprobar que se trata de piezas de ámbar
verdadero, basta un sencillo y fácil experimento: si el ámbar se quema
con un cerillo desprende un aroma dulce, agradable; el plástico gotea
y suelta su olor peculiar, mientras que las piezas de cristal no se prenden,
sólo se manchan de hollín.
PIEDRA MÁGICA
Los
habitantes de Chiapas aseguran que, utilizado como adorno, el ámbar protege
a las personas de las “malas vibraciones”, purifica el espíritu y evita
que los bebés sean víctimas del “mal de ojo”, enfermedad que diagnostican
los curanderos y chamanes.
Hasta Simojovel llegan amantes de lo esotérico
a comprar piezas de ámbar, al que atribuyen grandes cualidades. En el
mercado internacional de lo “sobrenatural”, la resina fósil cada día tiene
más demanda.
Para la ciencia, el ámbar posee un atributo insuperable,
ya que en el interior de algunas piezas se han encontrado insectos que
vivieron hace millones de años y quedaron atrapados en la resina antes
que se iniciara su fosilización.
Sin embargo, quizá el mayor atributo del ámbar
de Simojovel recaiga en su calidad de enlace entre los antiguos pobladores
del Mundo Maya y sus descendientes modernos que, como hace tres mil años,
continúan internándose en la montaña en busca de este preciado regalo
de la naturaleza.
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