ARTESANÍAS

LOS PINTORES DE BUCTZOTZ

En un poblado rural de Yucatán, México, estos niños mayas juegan a que pintan y pintan lo que juegan. He aquí su historia.

Texto por María Teresa Mézquita / Fotos por Ygnacio Rivero

Los ojos pequeños de don Ciel, oscuros, rodeados de profundas arrugas, miran apaciblemente. El hombre, un campesino maya, hila palabras entre su lengua materna y el español, limitándose a asentir y a sonreír cuando le hacen algún comentario sobre la importancia de este momento: la inauguración de la muestra pictórica de su nieto Manuel.

    Como siempre, a don Ciel lo acompañan un sombrero de guano y un par de alpargatas. Tranquilo, no se muestra sorprendido si un jovencito como su nieto puede exponer en la capital del estado y lograr lo que otros jóvenes—urbanos, con mayores posibilidades económicas y mejor preparación académica—no han podido hacer.

    El modesto título de la exposición, Visión del paisaje yucateco, resguarda la historia de Manuel Jesús May López, de 19 años, que nació en Buctzotz (Yucatán, México), miembro de una familia como muchas del pueblo, donde todos son artesanos, carpinteros, albañiles y trabajadores de casi cualquier cosa que les deje unos centavos "para seguir viviendo".

    Sin embargo, el horizonte de Manuel es distinto: las mujeres mestizas, las casas de paja, los pozos y los caminos que pinta con óleo le abrieron las puertas de un mundo antes desconocido. Ya comenzó a vender sus cuadros, a saber que su trabajo vale, y ahora sólo quiere dedicarse por completo a la pintura.

    Después de moler, Mestizas y ventero, Vendedor de leña, Patio de mi casa, La pareja, Jalando agua, En espera, Entrada a la modernidad... son algunos nombres de los óleos de Manuel, sobre los que asoman tímidamente los ripios de paja, las mujeres del campo, las calles del pueblo y el mundo sencillo que rodea su vida diaria. Y si uno lo pide, el joven cuenta en qué rincón del pueblo se sentó a pintar cada escena.

UNA TARDE COMO TANTAS

Buctzotz está a dos horas y media al oriente de Mérida, capital de Yucatán. El autobús se detiene en la plaza central, frente al Ayuntamiento. Allí esperan los dueños de "tricitaxis", listos para llevar pedaleando a quien necesite dirigirse a cualquier lugar del pueblo. Y basta decir "a la Casa de los Artistas" para hallarse, tras pocos minutos, en el sitio donde un puñado de niños y jóvenes explora las posibilidades del color.

    El lugar es, en efecto, una casa pequeña. Hay un escenario al aire libre y una especie de pasillo con pequeños cubículos; la plazoleta interior, que sirve como área de juego y de trabajo en los días de clase, es usada también para eventos culturales. Todo bajo el mismo cielo. Allí, sentados ante una mesa, varios niños de entre ocho y 12 años de edad están dibujando.

    Los ojos vivarachos, grandes y despiertos de Josué parecen echar luces cuando miran desde su profundidad. Tiene sólo 10 años, pero con el aplomo típico de un adulto informa que "Baeza Lizama" son sus apellidos.

    "Mis mejores cuadros están en Mérida, en Plaza Dorada. Allí se van a vender", afirma.

    Poco después llega con otro cuadro que tenía guardado en la bodega y da, en cinco minutos, una lección sobre las técnicas de su trabajo.

    "Pasa tus dedos por el cuadro —dice—. ¿Ves? La superficie es lisa, es un óleo. Ahora siente éste. ¿Cómo lo sientes?, ¿poroso? Entonces es acrílico. Así me enseñaron."

    A unos pasos de ahí está dando clase Víctor Argáez Sánchez, un joven pintor originario de Buctzotz, quien fundó la Casa de los Artistas y ahora enseña a un grupo de cinco o seis alumnos. El pizarrón no mide más de 50 por 40 cm, pero el espacio resulta suficiente para que el maestro explique a sus pequeños oyentes color, fondo, profundidad, figura.

    Con los varones hay dos niñas: Areli y Susana Ek Baeza. Su hermano, Ángel, también anda cerca de allí. Muy pronto llegan Margarita Argáez Palma, de 11 años; Isidro Tamayo Jiménez, de 12; Juan de Dios Madera Argáez, de nueve; y Josué, de quien ya hablamos, con su novel cátedra sobre la textura de los materiales que utiliza en sus obras.

    "Este cuadro no lo he terminado —explica David Medina Lizama, de 11 años, quien trae su más reciente creación bajo el brazo—, porque al pozo le falta más color gris. Mira: éste es un árbol que puse aquí para que parezca que el paisaje sigue hacia atrás, y éstos son trozos de leña que están amarrados en el fondo."

    Margarita es un poco tímida, pero también muestra sus cuadros; mientras sonríe, asiente con la cabeza cuando le hacemos la observación de que la playa parece gustarle, pues pinta muchos paisajes con escenas junto al mar.

    "Y si te das cuenta —continúa David, quien ya se siente con suficiente experiencia—, este color verde de aquí no es el mismo allá atrás; es más oscuro porque está en sombra. Y también puse sombra aquí, para que se note que esta puerta se está abriendo."

    David, Susana, Margarita, Juan de Dios, Isidro... muchos niños y un sólo motivo: el color. Todos empezaron hace un par de años, con plastilinas, como la mayoría de los niños que han ido al taller, y ahora pintan al óleo: casitas de paja, calles, árboles, un papalote.

    "¿Te acuerdas de cuando levantamos el papagayo? ¿Te acuerdas? Casi te lleva, casi te jala", dice Josué, entre risas, secundado por los demás apenas el discreto Juan de Dios muestra un paisaje con dos casitas y el papagayo volando en el cielo azul.

    Y de pronto la pintura pasa a segundo plano no bien los muchachos empiezan a perseguirse por el patio al calor de las bromas: nunca estará de más una buena "batalla campal" a media tarde.

TODO TIENE SU RAZÓN

La Casa de los Artistas funciona como proyecto sui géneris. Sin embargo, no se trata de una curiosidad o una "rareza" del ámbito rural mexicano. Al contrario: basta entrar en contacto con la gente de raíces indígenas para descubrir que estas manifestaciones son algo más.

    Por alguna razón los murales y edificios, las vasijas y rincones prehispánicos, desbordantes de creatividad, fueron pintados con vivos colores.

    Si los niños mayas de Buctzotz poseen la sensibilidad para pintar mejor que los niños con mayores recursos materiales, no es precocidad o casualidad: todo parece indicar que la sangre tiene voz, incluso a través de los siglos. Los mayas fueron grandes artistas. Y aunque hoy resulta difícil apreciar plenamente la belleza de sus creaciones, debido al paso de los años, los estudios científicos han permitido encontrar muchas respuestas a grandes dudas sobre el ayer.

    Rodeados de dificultades en la ejecución, los artistas mayas llegaron a dominar, a pesar de todo, una gran gama de colores y técnicas. Su principal motivo inspirador fueron las ideas religiosas, pero dentro de ese contexto hubo múltiples enfoques que a su vez derivaron, en cada zona o ciudad, hacia lo que ahora llamamos "estilo".

    Entre el simbolismo rico y abstracto de la orientación religiosa, los artistas prehispánicos no titubearon al adentrarse en elementos hoy básicos para la composición pictórica; por ejemplo, la perspectiva o el movimiento, o en plasmar la representación figurativa de sacrificios humanos, guerras o escenas de la vida diaria.

    Así, en la ciudad de Bonampak (Chiapas), hacia el 800 d.C., dibujos originales fueron hechos sobre yeso húmedo, logrando una verdadera técnica al fresco. Para aplicar las pinturas, se utilizaron plumas, brochas de cerdas animales y pinceles finos de pelo de conejo. La gama de colores se componía de rojos y rosados provenientes del óxido de hierro, el amarillo del cobre, el negro del carbón y el café del asfalto o bitumen. Recientemente se descubrió el origen del intensísimo azul maya, que proviene de mezclar tintura de añil y una arcilla llamada atapulguita.

    Quizá la más admirable de las obras pictóricas prehispánicas es precisamente el conjunto muralístico de Bonampak. De esta compleja obra el investigador Charles Gallenkamp, en su libro Los mayas, el misterio y redescubrimiento de una civilización perdida, dice que "sólo una ilusión ingenua, nacida en el egocentrismo, aplicaría la palabra primitivo a un arte que, como cualquier otro, resultó en su tiempo y lugar la creación suprema de una cultura genuina".

    Con el paso de los años, el arte pictórico maya fue cambiando. Si al principio expresaba temas religiosos, guerreros, cósmicos y rituales, después empezó a mostrar la vida diaria. En los siglos XIV y XV era casi exclusivamente la actividad cotidiana (como lo es ahora, de hecho) quien ocupaba los contenidos de las obras. Incluso, años antes de la conquista española (siglo XVI), hubo un abarrocamiento de las figuras, un incremento de los detalles y un colorido más severo.

    En las más novedosas investigaciones sobre el arte de los mayas está discutiéndose cuál es el lenguaje pictórico que se utilizó, cuál fue el origen de las técnicas y qué vínculo había entre diversas expresiones plásticas: cerámica, códices, murales, arquitectura y artesanía.

    Por ejemplo, se supone que en algún momento los mayas recibieron influencias de las tradiciones pictóricas del Altiplano mexicano. La pregunta es cómo: quizá por medio de modelos tomados de los códices de regiones ajenas al Mundo Maya, que circulaban por la zona y los pintores locales copiaban; o por obra de algunos sacerdotes, que propagaron cultos originados en otras áreas; o, tal vez, como parte de las imposiciones ideológicas hechas por combatientes extranjeros que sojuzgaron la región. También se habla de grupos de artesanos itinerantes que, llegados de poblaciones lejanas, difundieron elementos técnicos e iconográficos no mayas.

    Ahora bien, ¿qué relación pueden tener los antiguos mayas con los muchachos de Buctzotz? ¿Puede existir algún nexo entre los hombres del pasado, que siempre buscaron una finalidad a su expresión artística, y los niños que hoy aprenden a manejar técnicas, pinceles y colores europeos?

    La respuesta no parece ser demasiado complicada: los niños mayas herederon la sensibilidad natural de su raza, y así como las personas con influencia africana traen impresa en el temperamento su habilidad para la danza y los ritmos, la sensibilidad maya al color y la forma es mayor a la que pudieran tener otras culturas.

    Evidentemente los chicos de Buctzotz no se ponen a pensar en su herencia cultural. Sin embargo, ya vimos que en los últimos años de su civilización, los mayas comenzaron a pintar escenas de la vida diaria, así como los niños pintan hoy sus casas y sus patios. Después, vimos que hubo influencias y aculturación tecnológica: también ellos han absorbido, sin problemas, técnicas ajenas; y, como igualmente vimos, no temen adentrarse en juegos de composición que otros niños ni siquiera entienden.

    Y con respecto a las diferencias, quizá la principal sea la concepción del arte en sí mismo. Los mayas de ayer no pintaban por el mero placer de hacerlo. La expresión simple, sola, carecía de sentido para aquellos hombres que solían atribuir un valor utilitario y simbólico a todas sus acciones. Por el contrario, los niños de Buctzotz aprenden que el arte es una expresión de la naturaleza humana, mucho más allá del fin utilitario de la pieza, aunque éste sea el mero impulso decorativo.

HUELLAS ADENTRO Y AFUERA

La creación de la Casa de los Artistas se produjo cuando Argáez decidió separarse de un grupo de pintores con el que trabajaba en Mérida. Tras mudarse a Buctzotz en 1993, abrió el taller, el 6 de marzo, con unos veinte o treinta jóvenes. De ese grupo salieron los primeros doce expositores.

    Aquella muestra inaugural fue histórica: en octubre de 1994 un grupo de muchachos sonrientes y algo asustados, llegó a la capital con una carga de óleos que adornaron el vestíbulo del teatro Daniel Ayala, el segundo más importante de la ciudad. Menos de un año después, en junio de 1995, regresaron al mismo sitio pero con nuevas piezas. Desde entonces, se han organizado frecuentes exhibiciones y, sobre todo, se mantiene una constante promoción para que los alumnos con mejores facultades realicen presentaciones individuales en diversos foros.

    Aparte de que ya son más de doscientos cincuenta los niños y jóvenes de Buctzotz que han pasado por el taller y abierto su sensibilidad a las artes visuales, los chicos de la Casa de los Artistas también han salido a dejar testimonio mostrando su trabajo "a todo el pueblo". Así, tres paredes en las escuelas primarias Esteban Torres Pacheco, Eligio Ancona Castillo y Leopoldo Aguilar Roca lucen los murales colectivos pintados por estos artistas locales.

    Algo similar sucedió hace ochocientos años en la ciudad maya de Chichén Itzá: en lo que hoy llamamos Templo de los Guerreros, un grupo de quince artistas sumó talentos para pintar los murales del edificio. La concepción de esta obra, narrativa y concatenada, es diferente a la de Bonampak, en la cual hay unidad de diseño. En Chichén Itzá, al igual que en las tres escuelas de Buctzotz, muchos autores se unieron y pintaron con una idea básica, pero cada quien a su manera.

    En Buctzotz, la escuela Eligio Ancona tiene un mural de nueve metros por tres y medio hecho por José Guadalupe, quien pintó un castillo maya; David Muñoz, autor del Chac Mool; Santos, una casa de paja; y Manuel, unos cocoteros. El maestro hizo el diseño central, con unos niños sosteniendo al mundo, y todas las imágenes que lo rodean fueron concebidas y sugeridas individualmente por cada uno de los jóvenes artistas.

    Ahora, el "gusanillo" del arte comenzó a abrirse camino por los alrededores de Buctzotz. En sitios vecinos como Temax, Wilbert Domingo Noh Cob promueve un taller independiente; y en Cansahcab un maestro de primaria, Paulo Soberanis, hace lo mismo.

    El tiempo, la constancia, la paciencia... ellos dirán qué pasará con la Casa de los Artistas. Hoy, los integrantes de este equipo de creadores en potencia continúan llenos de alegría, ansiosos por seguir jugando a que pintan.

    Al término de la charla, mientras la tarde cae y viste de azul a Buctzotz, los ojos del maestro Argáez, color miel oscura, parecen sonreír apenas. Lo que hace años fue una aspiración, ya es una realidad que discurre lentamente.

    "A veces me sorprendo con los avances y a veces me decepciono", dice. "Sin embargo, hay que tomarlo con calma: siempre son necesarias las paradas de reflexión. Por eso, confío en que pronto la Casa pueda entregarle a la sociedad dos o tres buenos artistas."


Sitio producido por Organización Tips. Cancún, México.