ARTESANÍAS
CAPITAL DEL SOMBRERO

En las húmedas cuevas de Bécal,
Campeche, mujeres y hombres se pasan la vida tejiendo los famosos sombreros
jipijapa.
Por
Jonathan Harrington / Fotos por Johan Willems
Guadalupe Balam Cuy se despierta antes del alba,
mucho antes de que salga el sol. Vive con su esposo e hijos en una modesta
casa de yeso con techo de palma, en la Calle 29 del poblado de Bécal,
estado de Campeche (México). Detrás de la casa hay una pequeña abertura
en la tierra, por la cual Guadalupe baja utilizando una escalera de cuatro
metros y medio hasta una cueva no mayor que la sala de su hogar. Ahí,
otras tres mujeres y dos hombres se dedican a tejer sombreros a la luz
de una linterna de gas.
Estos tejedores son dos primos de Guadalupe:
Pablo Góngora Cuy e Irma Merea Balam Cuy; además, Margarita Barón, José
Artemio Cahum Balam y Rosalía Balam. Todos hablan maya como idioma materno
y español como idioma aprendido. Tejen con la cabeza inclinada, concentrados
en su trabajo, mientras los dedos transforman ágilmente las fibras de
palma en sombreros.
Detrás de casi todas las casas de Bécal hay cuevas
naturales de piedra caliza -unas dos mil- que sirven de talleres donde
artesanos mayas tejen a mano los exquisitos sombreros que han hecho famoso
al poblado. Debido a que la península de Yucatán es en extremo calurosa
y las hojas de palma se vuelven quebradizas con el sol, los tejedores
de Bécal tienen que trabajar en estas cuevas húmedas y vaharosas para
mantener flexibles las fibras. La humedad permite tejer más apretadamente
las hojas, resultando en jipijapas, los sombreros de más alta calidad.
Cualquiera pensaría que muchos de los viajeros
que visitan la península de Yucatán adquieren estos sombreros. No es así.
Los jipijapas extrafinos se venden a verdaderos aficionados que viven
lo mismo en Nueva York, que en París o Tokio, los cuales están conscientes
del laborioso proceso mediante el cual las fibras de palma se convierten
en elegantes y duraderos sombreros.
Fue en Ecuador (y no en Panamá como suele creerse)
donde se originaron esta clase de sombreros. Precisamente, Jipijapa es
una ciudad de Ecuador. En inglés, al sombrero jipijapa se lo llama Panamá,
porque era parte del atuendo que portaban los trabajadores durante la
construcción del canal interoceánico.
Pero
también en Bécal se producen excelentes jipijapas. El pueblo se encuentra
junto a la autopista 180, a medio camino entre Mérida, capital del vecino
estado de Yucatán, y la ciudad de Campeche. Los tres jipijapas de concreto
que hay en la plaza de armas son una indicación de la importancia del
sombrero para Bécal. Se dice que fue un sacerdote católico, el padre Ignacio
Berzunza, quien llevó a Becal, en 1859, una variedad de palma guatemalteca
de fuertes y flexibles fibras. Más adelante, una familia local de apellido
García comenzó a hacer jipijapas con las fibras de esa palma.
Como explica Guadalupe Balam Cuy, las fibras
llegan al pueblo traídas por intermediarios, quienes las venden a los
artesanos. Las mejores fibras son las del centro de la palma. Es en Bécal
donde éstas se clasifican por grados, se lavan y blanquean.
Una de las tejedoras, Margarita Barón, toma dos
manojos de fibras y las levanta.
"Esto es la palma -dice señalando el manojo-
y esto es el jipi."
Las fibras de la palma son más anchas y burdas
que el jipi. La palma sirve para sombreros de menor calidad, destinados
a trabajadores y viajeros que los adquieren en mercados para resguardarse
del feroz sol de la península de Yucatán. Las fibras de grado superior
se seleccionan a mano atendiendo a su flexibilidad y suavidad y se separan
para tejer los jipijapas clásicos, de un brillo color perla y blanda textura.
En el piso de la cueva hay unos ocho o nueve
troncos de madera redondeados. Son, de acuerdo a Margarita Barón, moldes
de cedro con diferentes dimensiones. Estos moldes les sirven de escantillón
o patrón para tejer sombreros de medidas adecuadas; tienen una altura
de 60 cm y en la parte superior están redondeados según el tamaño de las
cabezas para las que van destinadas los sombreros.
Se
comienza tejiendo el centro de la parte superior del sombrero. Pablo Cuy
muestra una pieza que acaba de iniciar. Hasta este momento ha tejido un
círculo de paja del tamaño de una moneda, de donde penden largas fibras.
Con laboriosidad irá ensanchando el círculo, guiándose por el molde. Rosalía
Balam, desenvuelta y de rápida sonrisa, demuestra cómo hace para que el
sombrero en el que trabaja sea más flexible y suave: de vez en cuando
posa el sombrero a medio terminar sobre una tabla y con una concha restriega
las fibras.
Además de los sombreros, los artesanos de Campeche
tejen otras artesanías a base de palma, como cestas, abanicos y muñecas.
Cada uno de estos artículos requiere su propio molde y por lo mismo los
pueblos campechanos tienen su especialidad. Pero, según explica
Rosalía con orgullo: "Aquí en Bécal lo que nosotros hacemos son jipijapas",
como si fuera impensable cualquier otra actividad.
Los tejedores pasan en las cuevas jornadas de
hasta doce horas.
"No se puede parar -dice Rosalía-, porque si
una descansa le viene el hambre".
Al preguntarle cuánto tarda en hacer un jipijapa,
responde: "Depende de la calidad. Algunos sombreros requieren dos o tres
días. Pero los superfinos exigen dos o tres meses".
DE LA CUEVA AL MERCADO
Los tejedores de Bécal venden los sombreros sin formar ni acabar a agentes
que vienen de Mérida o Campeche. Éstos los llevan a tiendas, como Casa
Jipijapa, en el centro de Mérida, donde se les da el acabado y se ajustan
a diferentes estilos.
En Casa Jipijapa, en el interior del mercado
municipal de Mérida, tres mujeres mayas, sentadas a la entrada de la tienda,
están rodeadas de pilas de jipijapas de diversas formas, tamaños y estilos.
En la trastienda, dos hombres manejan una gran máquina prensadora.
"Esta es una máquina hidráulica que sirve para
refinar los sombreros que nos llegan de Bécal. Aquí les damos el acabado
y la blandura. La máquina permite la definición del sombrero", dicen.
En
una estufa se calientan varias hormas metálicas con los diferentes estilos
de jipijapas y luego se colocan en la prensadora. El operador frota el
sombrero con talco para que no se pegue a la horma y lo ubica en el interior
de la máquina. Ésta produce un chillido penetrante cuando el hombre baja
una palanca que aprieta la horma contra el sombrero, lo que le da el estilo
exacto que el cliente pide.
Hay muchos estilos de jipijapas. Entre los más
populares están el sevillano, el veracruzano, el yucateco, el cubano y
el tejano. Otros estilos llevan nombres de personajes famosos, buenos
y malos, como Truman y Al Capone.
Luego de sacar de la prensa un sombrero estilo
veracruzano de copa cuadrada, el operario le cose por dentro una badana
para que se ajuste cómodamente a la cabeza del portador y no se ensucie
con el sudor. Por fuera va una cinta, que en el jipijapa clásico suele
ser negra, pero esto depende por entero del gusto del cliente. Dándole
los últimos toques, el artesano muestra el sombrero y exclama: "¡Listo!"
El recién acabado jipijapa es bello.
"Hacemos muchos sombreros yucatecos para músicos
y bailarines -añade-. Aquí, en Casa Jipijapa, los sombreros cuestan entre
25 y 80 dólares. Pero hay jipijapas que tienen un precio mucho más alto.
Son los muy finos, más flexibles y de tejido más tupido. Muchos de éstos
se exportan."
Entre los aficionados existe una devoción casi
religiosa por los jipijapas más finos. La calidad de la fibra, lo tupido
del tejido, la pericia con que han sido moldeados y formados, el tiempo
que requirió hacerlos y su legendaria duración, todo da valor a los jipijapas.
Del otro lado de la calle donde se ubica Casa
Jipijapa, Víctor Manuel López González toma asiento en un taburete a la
entrada de la sombrerería El Becaleño. En la mano izquierda tiene un jipijapa
por acabar; el ala del sombrero está rodeada de un halo de delgados filamentos,
como cabellos, que serán recortados con unas tijeras plateadas. Dentro
de la tienda hay postales y notas de agradecimiento de clientes del mundo
entero, incluida una del sheriff del condado de Arlington, Virginia.
En la trastienda nos señala su sombrero más fino.
Con cuidado, como si fuera un jarro de cristal, levanta del anaquel un
jipijapa que no pesa más que una pluma. El sombrero es de color perla
y resulta luminoso a la suave luz del interior del establecimiento. Lo
lleva reverentemente a la puerta de entrada y cuando los rayos del sol
de mediodía dan de lleno en el jipijapa, éste resplandece como si dentro
tuviera un foco prendido.
El
hombre nos explica que la calidad del sombrero se juzga por lo tupido
de la textura, que se mide en "pulgadas". El escritor francés Martin Buchet,
en su libro El jipijapa, un sombrero legendario, define así la
pulgada: "Un imaginario cuadrado de una pulgada, dentro del cual se cuenta
el número de fibras tejidas en determinada dirección. El primer grado
corresponde a los sombreros de calidad modesta, con trece fibras por cuadrado,
mientras que los más finos... tienen al menos veinticinco fibras".
El sombrero que Víctor Manuel sostiene con cuidado
en sus manos es a todas luces de la más alta calidad. En una tienda de
Londres o París, un jipijapa de este calibre superior puede venderse hasta
en mil quinientos dólares. Tras una llamada a la sombrerería neoyorquina
Worth & Worth nos enteramos que un jipijapa de Ecuador costaba cinco mil
dólares.
Víctor golpea el blando exterior del sombrero,
cuyos filamentos color marfil han sido tejidos perfectamente por las hábiles
manos de un artesano anónimo en las cuevas de Bécal. Pasa la uña por las
finamente tejidas fibras que parecen hilos más que tiras de hoja de palma.
De repente, sin previo aviso, aplasta el sombrero con ambas manos, lo
dobla por la mitad, lo enrolla en cono, se lo coloca en el bolsillo trasero
del pantalón y nos sonríe como si lo que acabara de hacer fuera lo más
normal del mundo. Momentos después, saca el sombrero, lo desdobla y lo
acomoda. Milagrosamente, este "fino" regresa a su forma original sin la
menor arruga en todo su marfileño exterior.
Esta es la verdadera prueba del clásico jipijapa.
Además de elegante, el sombrero es duradero y mantendrá su forma por mucho
que lo maltraten. Flexible, exquisito, delicado como fina porcelana china,
pero durable como el cuero. Tal es el jipijapa clásico, tejido en la húmeda
semioscuridad de las cuevas campechanas, lo portan con orgullo por el
mundo entero aquellos que conocen la calidad de sus fibras, lo apretado
de su textura y la habilidad, el arte de los tejedores de Bécal.
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