|
HISTORIA
LOS NAVEGANTES MAYAS
Si fuera posible saltar quinientos o seiscientos años hacia atrás en el tiempo, quienes visitan los centros turísticos del Caribe mexicano y Belice encontrarían grandes canoas impulsadas por remeros mayas rumbo a Centroamérica o de regreso, con cargamentos de mantas de algodón, sal, hachuelas de cobre, navajas de obsidiana, adornos de jade, capas de plumas, piedras de moler y otros muchos objetos; y en sitios donde hoy se levantan hoteles, viviendas, discotecas, restaurantes y parques de diversiones, verían muelles, dársenas, canales, señales de navegación y almacenes. Texto por Juan José Morales / Ilustraciones por Carlos Porras y Roberto Franco Por aquel entonces, a lo largo de las costas de la península de Yucatán, Belice, Guatemala y Honduras, había un intenso tráfico de embarcaciones que cubrían la ruta marítima entre los dos extremos del Mundo Maya, al igual que numerosos puertos de escala en diversos puntos del trayecto.
Durante los años posteriores hubo muchos encuentros de ese tipo, pero en el siglo XVI, tras la conquista de América por parte de los españoles y habiéndose producido el derrumbe de las ciudades-estados mayas, el comercio dentro del área cesó abruptamente: la navegación indígena fue, entonces, reemplazada por carabelas y galeones hispanos. De las antiguas rutas marítimas se perdió casi hasta el recuerdo, quedando sólo referencias a ella en algunos testimonios de los conquistadores. HOY COMO AYER Gracias a exploraciones arqueológicas, investigaciones bibliográficas y trabajos de campo, ha podido establecerse cómo se navegaba en el Mundo Maya hace quinientos o seiscientos años. La zona más estudiada, sobre la que mayor información pudo reunirse, es la costa mexicana del Caribe. Incluso, un grupo de arqueólogos mexicanos realizó a lo largo de ella travesías experimentales similares a las de los navegantes mayas, empleando varios tipos de embarcaciones comparables en tamaño y características a las que usaban éstos.
Se comerciaba tanto con productos suntuarios (ornamentos de plumas, adornos de oro, jade, ámbar, cuarzo y otros) como con artículos utilitarios (por ejemplo, proyectiles, cuchillos y navajas de obsidiana, miel, pieles, mantas de algodón, tintes vegetales, hierbas medicinales, chile seco y copal). También se transportaban por mar grandes cantidades de sal y objetos pesados; entre otros, los metates (piedras planas con patas y un rodillo, usadas para moler maíz). Como moneda eran utilizados granos de cacao, canutos de plumas de ave llenos de polvo de oro, piezas de jade y metales. Los comerciantes, a quienes acompañaban esclavos o cargadores, constituían una clase social poderosa e influyente. En los códices aparecen representados con un abanico como símbolo; además, llevaban cayados ceremoniales. Incluso tenían su propio dios, Ek Chuah, el Protector, en honor de quien realizaban una ceremonia de agradecimiento al cabo de cada día navegado. La principal ruta marítima iba desde el puerto de Xicalango, en el borde sur de la Laguna de Términos (Golfo de México), hasta Nito, en la desembocadura del río Dulce, cerca del actual puerto guatemalteco de Livingston, y hasta Naco, en el valle hondureño del río Ulúa. De Nito se manejaban las mercancías hacia las tierras altas mayas por el lago Izabal y el valle del río Motagua. En Naco los mercaderes conectaban con otras rutas comerciales que iban hasta Panamá o, más al sur, hasta el territorio inca en Sudamérica. A todo lo largo del recorrido había numerosos puertos donde se intercambiaban productos diversos. Había también rutas fluviales y lacustres. De la laguna de Bacalar antes Bakhalal, en el sur del estado mexicano de Quintana Roo, se navegaba por un estero hasta el río Hondo, que marca la actual frontera con Belice. A orillas de los abundantes cursos de agua que tiene el delta formado por los ríos Grijalva y Usumacinta, los conquistadores españoles encontraron un intenso tráfico de canoas, así como muchas señales de navegación. ARTE DE NAVEGAR
En cambio, el viaje de regreso lo hacían alejados de la costa, a fin de aprovechar la fuerte Corriente del Caribe una de las más veloces del mundo, que fluye hacia el norte y que más adelante, a partir del Canal de Yucatán, se conoce como Gulf Stream o Corriente del Golfo. Para eludir los peligros del mar abierto, en algunos trechos navegaban por las tranquilas aguas de las lagunas costeras, que en varios lugares se hallan comunicadas con el mar por bocas permanentes. Durante la navegación experimental que mencionamos más arriba, se obtuvieron evidencias de que las canoas procedentes de Xicalango penetraban a la gran laguna de Yalahau, en el noreste de la península de Yucatán, que puede recorrerse en una jornada a remo. Así llegaban hasta Ecab, que el cronista Bernal Díaz del Castillo llamó Gran Cairo, aunque al parecer era un asentamiento bastante modesto del cual casi no se conservan vestigios. De ahí pasaban a otra gran laguna llamada Chacmochuk, ya en la costa oriental, hasta llegar a El Meco, de donde se podía cruzar a Isla Mujeres si ese era el destino final, o proseguir hacia el sur por la laguna de Nichupté, en Cancún. Al salir de la laguna y volver al mar, el viaje continuaba rumbo al sur por un largo trecho bajo la protección del arrecife. Aunque se realizaba de día y a la vista de la costa, la navegación prehispánica era bastante difícil y peligrosa. De junio a noviembre ocurren en el Caribe y el Golfo de México tormentas tropicales y huracanes, y durante los meses de invierno soplan los llamados nortes, que son vendavales ocasionados por la llegada de masas de aire frío, con vientos de hasta 70 u 80 kilómetros por hora acompañados de fuerte oleaje. VIGÍAS Y CÓDIGOS Puesto que además la costa de la península es uniformemente llana y baja, sin accidentes geográficos que puedan servir como puntos de referencia a los navegantes, los mayas tuvieron que desarrollar una extensa cadena de señalamientos marítimos y de puertos de resguardo donde pasar la noche o refugiarse en caso de temporal.
Por su parte, Diego de Landa anotó en la Relación de las cosas de Yucatán (publicada en 1566) que “...los indios ponen señales en los árboles para acertar en camino para ir o venir navegando de Tabasco a Yucatán”. El mural del llamado Templo de los Guerreros, en el actual sitio arqueológico de Chichén Itzá, muestra banderas de plumas que aparentemente servían como marcadores de ruta, pues el propio Grijalva mencionó que “por la costa andaban muchos indios con dos banderas que alzaban y bajaban”. Numerosas construcciones costeras de antigua data han resultado ser señales marítimas. Esos edificios intrigaron durante largo tiempo, porque se encuentran en lugares despoblados antes de la conquista española y era desconcertante que los mayas hubiesen resuelto levantarlos allí. Ahora se sabe que, al ser visibles desde el mar, indicaban a los navegantes la ubicación de poblaciones, caletas, puertos, puntas peligrosas, accesos a canales o lagunas, y otros sitios. A fin de hacerlas más notorias, estaban pintadas de diferentes colores; quizá para aprovecharlas durante la noche, en ellas había fuego. Además, en esos edificios se apostaban vigías que, mediante un código de señales con humo y banderas, informaban del arribo de embarcaciones o se comunicaban con éstas. Algunas construcciones eran marcadores de enfilación que permitían tomar el rumbo correcto para entrar por los quebrados (pasos a través de la barrera arrecifal), o para alcanzar canales navegables en las marismas y lagunas de la franja costera. El Castillo de Tulum, por ejemplo, permitía no sólo determinar la ubicación de la ciudad, sino también enfilar correctamente por el paso del arrecife y alcanzar la playa. Otro edificio utilizado como señal de enfilación, se encuentra en la zona arqueológica de El Meco, cerca de Cancún. Hoy, al igual que sus ancestros de hace mil años, algunos pescadores que navegan hacia tierra firme desde Isla Mujeres lo toman de referencia, aunque esa costumbre casi se ha perdido al cambiarse la silueta del litoral con la construcción de hoteles y demás edificios. Abundaban también los marcadores de peligro para señalar bajos de roca o arena, arrecifes, farallones y lugares de alto riesgo. Por ejemplo, las estructuras arqueológicas de Punta Cancún, que señalaban precisamente la punta y el comienzo del arrecife. Había, asimismo, edificaciones utilizadas como marcadores de ruta para indicar el camino que debían seguir los navegantes. Por lo general se encuentran en las zonas de lagunas y esteros, y a la entrada de canales y barreras de playas arenosas. Tenían también los mayas derroteros o cartas de navegación. A su paso por el puerto de Acalán, en Tabasco, el conquistador Hernán Cortés obtuvo un mapa donde estaban señaladas las varias poblaciones que había a lo largo de la ruta de Xicalango a Naco y que servían como puntos de escala, refugio o intercambio, y en algunos casos también como santuarios religiosos.
Otros lugares menos conocidos fueron asimismo puertos mayas. Los sitios con playas arenosas de pendiente suave y sin resaca ni mucho oleaje parecen haber sido puertos de carga y descarga. Por ejemplo, Xcalacoco, Paamul y Tankah. Las caletas rocosas eran puertos de abrigo donde las embarcaciones permanecían fondeadas; entre esos refugios naturales se cuentan Chakalal y Yalkú, esta última cercana a Akumal. La pequeña isla arenosa de cerritos, a muy corta distancia de la costa norte de la península de Yucatán, fue el puerto marítimo de Chichén Itzá, y la isla de Cuzamil, hoy Cozumel, tuvo el doble carácter de gran centro comercial y religioso, pues al santuario de Ixchel, diosa de la fertilidad, acudían miles de peregrinos que se embarcaban en Polé y Xamanhá. Los marinos mayas ya no recorren las costas de México y Centroamérica. Sus canoas han sido reemplazadas por yates, lanchas de pesca deportiva, cruceros de lujo y motos acuáticas. Pero en los antiguos puertos aún quedan restos de muelles, murallas defensivas, diques, embarcaderos, señales de navegación y templos que levantaron a lo largo de siglos para hacer más seguras sus travesías.
|