HISTORIA
LOS VILLANOS
QUE
VINIERON DEL MAR

Durante doscientos años, los piratas
atacaron una y otra vez las costas del Mundo Maya. Hoy, las murallas,
los fuertes y los baluartes de Campeche, México, quedan como testimonio
de aquellos tiempos tormentosos.
Por
Beatriz Martí / Ilustraciones por Carlos Matehuala
A las tres de la
madrugada del 6 de julio de 1685, las campanas de la iglesia de San Francisco
empezaron a repicar. Esa era la señal de que todo el pueblo debía reunirse
para recibir noticias sobre algún hecho de gran relevancia. Hombres, mujeres
y niños corrieron hacia la plaza principal e ingresaron al templo en espera
de las malas nuevas que seguramente estaba por comunicarles el párroco.
Esta vez, sin embargo,
no era el cura quien los aguardaba. Cuando prácticamente toda la gente
estuvo dentro de la iglesia, las puertas de ésta se cerraron para impedir
que alguien saliera de recinto. Entonces se percataron de lo que sucedía:
Campeche era víctima de un ataque pirata.
A
partir de ese momento, y hasta que así lo decidieran, los nuevos dueños
del poblado se dedicaron a saquear: casa por casa, comercio por comercio
y, sobre todo, iglesia por iglesia. La de San Francisco había sido vaciada,
pero en los demás templos había también riquezas.
Al mando de aquel
asalto iba el pirata francés Laurent de Graff. Experimentado navegante
y ladrón, utilizaba con frecuencia este método de ataque: un asalto nocturno,
en silencio; la toma de la iglesia principal y el secuestro del pueblo
entero. Sin embargo, no era ese el único sistema, pues a veces atacaba
de día, asolando y dejando en las ciudades costeras la sensación de una
gran vulnerabilidad, expuestas a lo que Lorencillo (como le decían a De
Graff), o cualquier otro personaje de su calaña, le viniera en gana hacer.
Hoy
sólo un buen tema de cuentos para ninõs, la piratería fue, durante los
siglos XVI, XVII y XVIII, un excelente negocio surgido a raíz del domino
español sobre América. Los piratas no eran simples asaltantes, ni vagabundos
de parche en el ojo y pata de palo.
Por el contrario,
los piratas integraron una sociedad de navegantes y marineros, con experiencia
en el océano y con facilidad y tendencia hacia el asalto, organizada por
los enemigos de España. Al fin y al cabo, una bula papal le había otorgado
a este país el domino y el usufructo de todo un continente, dejando a
un lado a Francia e Inglaterra. Cuando éstos comprendieron que las ordenanzas
del pontífice no eran parejas, decidieron apoderarse, por las malas, de
una parte de botín.
Ese botín estaba
constituido por el oro, las joyas, la plata, las maderas finas, las plumas
de aves, la cera, el algodón y el palo de tinte (de la madera de este
árbol, Haematoxylon campechianum, se obtenía un colorante rojizo
utilizado en la industria textilera de Europa), salidos del Nuevo Mundo,
con destino a España, a bordo de enormes galeones que atravesaban el Atlántico.
Ahí, en medio del océano, estaban esperando los piratas.
También en altamar,
los asaltos occurieron de noche: mientras la tripulación dormía, la tomaban
por sorpresa, la sometían y generalmente la abandonaban más tarde, antes
de zarpar con todo y barco. Una vez consumado el atraco y de regreso en
su país de origen, los piratas rendían cuentas a su rey (o a su reina,
que también las hubo). Un porcentaje del botín se entregaba, a manera
de impuesto, al soberano, quien correspondía otorgando títulos de nobleza
cada vez más elevados. Los piratas se codearon con la realeza por el hecho
no tan simple de asaltar y saquear en nombre de su rey.
Además de los navíos
españoles, los piratas empezaron a atacar las ciudades portuarias de América,
tanto del Pacífico (Acapulco, Huatulco) como del golfo de México (Veracruz,
Tampico) y del Caribe (Santo Domingo, La Habana, Cartagena). Casi todos
eran sitios indefensos, lejanos a las grandes poblaciones y poco apoyados
por las autoridades de la colonia.
Entre ellos, Campeche,
puerto que se localiza en el estado mexicano del mismo nombre sobre las
costas del Golfo de México, fue uno de sus preferidos. El lugar contaba
con importantes riquezas naturales, palo de tinte, tabaco y maderas preciosas,
entre otros, y con una población tan próspera que bien valía la pena saquearla.
Era, además, un puerto escasamente protegido.
Los ataques piratas
a Campeche y a otras ciudades de la región empezaron en el siglo XVI y
se agudizaron en el XVII. Hubo algunos asaltos muy sangrientos, durante
los cuales los piratas dieron muerte a muchos hombres y secuestraron a
gran número de mujeres y niños; hubo otros en los que la población pudo
oponer resistencia. Finalmente, la Corona española aceptó brindarle ayuda
a Campeche.
En
1686 se puso la primera piedra de lo que llegaría a ser la ciudad amurallada
y fortificada de Campeche, que se concluyó en 1704 y que impidió, a partir
de entonces, cualquier nuevo ataque pirata. Hubo que levantar, para protección
del puerto, una muralla de dos metros de espesor en forma de polígono
irregular de seis caras, con dos frentes (de seis metros de altura) viendo
al mar y seis más (de ocho metros de alto) hacia tierra. En cada vértice
del polígono había un bastión, cada uno con dieciséis cañoneras.
Para esas fechas,
todo había cambiado. Las murallas detuvieron los ataques piratas, pero
la piratería estaba también ya en plena decadencia. Dejó, sin embargo,
una huella imborrable en Campeche: está presente en su arquitectura de
muros, baluartes y fortalezas; en sus costumbres, por ejemplo que los
hombres suelen ir al mercado, mientras las mujeres y los niños se quedan
salvos en casa; en su historia oral que rescata, sin necesidad de novelarlos,
aquellos sangrientos ataques a la población.
Hoy, la historia
de Campeche se escribe de otra manera, pero las partes de la muralla y
los baluartes que aún quedan, ayudan a imaginar lo que deben haber sido
esas madrugadas, cuando decenas de barcos piratas cercaban la costa y
se preparaban para atacar. Cuando todos los campechanos sabían que la
piratería podía ser la mayor pesadilla y de ninguna manera un tema inspirador
de narraciones con aventuras destinadas a los niños.
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