NATURALEZA

MARAVILLAS SUBTERRÁNEAS

A los conquistadores españoles les asombró que en la península mexicana de Yucatán no hubiese ríos, ni lagunas, salvo unas cuantas, muy pequeñas. Igualmente asombrados quedaron al ver en esa tierra sin agua—que abarca la quinta parte del Mundo Maya—una población numerosa, desperdigada en incontables ciudades y caseríos, ocupando incluso el noroeste del territorio, donde las lluvias son escasas y la sequía intensa.

Por Juan José Morales

Lo que permitió a la civilización maya florecer bajo tan adversas condiciones, fueron ciertos pozos naturales—alrededor de seis mil—con acceso directo al agua de los mantos subterráneos. Los indígenas llamaron a esas cavidades ts'onot o dzonot, vocablo españolizado como cenote.

    Los cenotes son característicos de la península de Yucatán: salvo en algunos lugares de la Florida (Estados Unidos) y Cuba, no los hay en ninguna otra región del planeta. Se formaron y siguen formándose debido a la constante filtración del agua de lluvia por el suelo peninsular. Vea cómo se forma un cenote.

    Por su forma y tamaño los cenotes varían considerablemente. Hay muy pequeños y hay gigantescos. Uno de los más famosos, el de Chichén Itzá, centro ceremonial maya del estado mexicano de Yucatán, tiene la forma de un gran pozo ligeramente oval, con cincuenta y ocho metros de diámetro y paredes verticales de veinte metros desde la superficie del terreno hasta el agua. La profundidad de ésta es de once metros y bajo ella hay una capa de doce metros de fango.

    En la península de Yucatán se hallan cenotes por todas partes, incluso dentro de lagunas costeras. Muchos pueden reconocerse fácilmente, como el Cenote Azul de Bacalar, en el estado de Quintana Roo, pero algunos no se perciben a simple vista desde la superficie. A éstos suele descubrírselos porque su profundidad es mayor que la de la laguna y al bucear se advierte que son grandes agujeros en el manto de roca firme situado bajo el fondo lodoso.

    Muchos de los cenotes próximos a la costa son del tipo llamado haloclino, en los que el agua dulce flota sobre el agua salada procedente del mar (halo significa densidad y clina cambio, y la haloclina es la capa o línea donde cambia la densidad del agua). Un buzo o nadador puede saber si se encuentra en una zona de haloclina cuando el agua, luego de ser movida, adquiere una curiosa apariencia, como si estuviera revolviéndosela con aceite. El fenómeno —presente asimismo en caletas donde fluye agua dulce— ocurre porque se rompe la haloclina, y las dos masas de agua de diferente densidad comienzan a mezclarse en glóbulos que desvían irregularmente la luz.

    Otra curiosidad de muchos cenotes es que si bien están llenos de agua, contienen estalactitas y estalagmitas. Ambas nacen por el goteo de agua que, al evaporarse parcialmente antes y después de caer, va dejando pequeñas cantidades de las sales minerales que trae en disolución. Tras un proceso que puede durar siglos, las acumulaciones de sales forman estalactitas que cuelgan del techo, y estalagmitas que se levantan como pilares desde el piso.

    Semejante proceso, desde luego, puede ocurrir en una caverna vacía donde hay infiltración y goteo de agua, pero no en espacios totalmente inundados. ¿Cómo es posible, entonces, que haya cenotes con estalagmitas y estalactitas? Éstas se formaron hace unos quince mil años, durante la última edad de hielo, cuando el nivel del mar era unos setenta y cinco metros más bajo que ahora. Por lo tanto, las aguas subterráneas, que corren hacia el mar, tenían igualmente un nivel más bajo, y lo que ahora son cenotes inundados eran grutas llenas de aire. Luego, al cambiar el clima, se fundieron los hielos de la glaciación, ascendieron los océanos, subió también el nivel de los ríos subterráneos que desembocan en aquéllos, y las antiguas cuevas (con sus estalagtitas y estalagmitas) se inundaron. Vea cómo están conectados los cenotes.

    Como vestigio de esos cambios en el nivel del mar, pero también de los movimientos geológicos que han hecho y siguen haciendo levantarse a la península de Yucatán, habita los cenotes una fauna muy especial. En su mayoría, la integran animales cuyos ancestros eran originalmente marinos y después, atrapados en las profundidad de la tierra, fueron evolucionando hasta adaptarse a la vida en agua dulce y en la oscuridad.

    Uno de los más abundantes y conocidos es la dama blanca ciega (Ogilbia pearsei). Se trata de un pequeño pez carente de ojos y de pigmentos en la piel, por lo cual tiene un raro color blanco iridiscente que se vuelve rosáceo al recibir los rayos de luz. Fuera de los cenotes de la península yucateca, no existe en ningún otro lugar del mundo. También es endémica —es decir exclusiva de la región— la anguila ciega (Ophisternon infernale), que alcanza sesenta centímetros de longitud y vive sepultada en el fango. Otra anguila de los cenotes, la Synbranchus marmoratus, de hasta metro y medio de longitud, que tiene diminutos ojos, no es única de Yucatán sino que se halla vastamente distribuida desde México hasta Perú y Argentina, y vive lo mismo en grutas que en aguas abiertas.

    Varias especies de camaroncillos, así como de otros pequeños invertebrados ciegos o con ojos diminutos, tienen su hábitat en los cenotes. Un detalle curioso de muchos de esos animales de las tinieblas es que, aun cuando están completamente aislados del mundo exterior, siguen lo que se denomina ritmo circadiano: un ciclo diario de actividades de veinticuatro horas, como si pudieran percibir la sucesión del día y la noche.

    La fauna de los cenotes comenzó a ser estudiada con amplitud apenas en el segundo tercio del siglo XX, y las investigaciones han cobrado impulso en los últimos tiempos gracias al auge del espeleobuceo, que permite llegar hasta sitios antes inaccesibles. Ello propició el hallazgo de nuevas especies, como el Speleonectes tulumensis, nombre que en latín significa "el cavernícola de Tulum", hallado precisamente en un cenote próximo al sitio arqueológico maya de Tulum. Luego se lo encontró también en Belice.

    Este animalillo, ciego y blanquecino ya que vive en la oscuridad absoluta, es un tipo de crustáceo muy primitivo, pariente de los cangrejos pero dotado con numerosas patas que le dan apariencia de ciempiés y que utiliza a manera de remos para nadar. Mide entre dos y medio y tres centímetros y habita en cenotes próximos al mar, en el agua salada que hay bajo la dulce. Puesto que se trata de un agua casi totalmente falta de oxígeno, en ella un pez ordinario moriría asfixiado. Pero el Speleonectes tulumensis no sólo vive muy bien allí, sino que cuando se lo transfiere a agua oxigenada entra en una frenética actividad, nadando sin cesar, hasta que tras unos cuantos días se consume a sí mismo por agotamiento.

    Además de estos animales, hay en los cenotes peces de agua dulce que también habitan ríos y lagunas. Las dos especies más abundantes son el bagre Rhamdia guatemalensis y la mojarrita Cichlasoma urophtalmus. El primero, de diez a quince centímetros de largo, está ampliamente distribuido por Centroamérica y se caracteriza, como todos los bagres, por sus "bigotes". La mojarrita, de unos diez centímetros de largo, se reconoce por las franjas oscuras verticales que tiene en el cuerpo.

    Los antiguos mayas daban a los cenotes diferentes usos: mientras unos les servían para abastecerse de agua, otros tenían exclusivamente fines ceremoniales. En ellos honraban a Chaac, dios del agua y de la lluvia, además de considerarlos la entrada al inframundo. Lo anterior quedó demostrado en Chichén Itzá, pues sus pobladores utilizaban el cenote Xtoloc como fuente de agua para uso cotidiano, mientras que en el Cenote Sagrado realizaban sacrificios humanos arrojando vírgenes desde un altar ubicado en la boca de la aguada. Vea el uso que dan los mayas a los cenotes.

    Actualmente, los cenotes son aprovechados con fines turísticos, sobre todo en Yucatán y el norte de Quintana Roo. En unos casos como parte de grandes centros ecoturísticos, en otros como sitios especializados para la práctica del espeleobuceo, y las más de las veces como pequeñas empresas familiares en comunidades campesinas, con instalaciones rústicas.

    De esta manera, los cenotes, esas maravillas naturales, únicas en la tierra, son aprovechados hoy por los herederos de esos hombres que, hace más de dos mil años, protagonizaron el florecimiento de los pueblos del norte del Mundo Maya.

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