NATURALEZA

LAS MONTAÑAS DEL JAGUAR

Jaguar

Resguardado por las Maya Mountains, cornucopia rebosante de frutas de los dioses, el Santuario de la Vida Silvestre de la Cuenca de Cockscomb cobija la flora y fauna de Belice, desde la más común hasta la más exótica; allí, reina el jaguar.

Por Alex Asher / Fotos por Darrel Jones

“Con mi Honda me fui introduciendo más y más en la cuenca, hasta llegar a una cresta ubicada en lo alto de un largo y empinado cerro. No bien alcancé la cima, un jaguar salió del bosque, poniéndose en mi camino. Volvió la cabeza y se quedó mirándome, como si yo fuera uno más en su larga fila de inexplicables intrusos; luego prosiguió la marcha y desapareció en el bosque que había del otro lado.”

    Así comenzaron los amoríos de Alan Rabinowitz con Belice y sus jaguares, un embeleso que llevó al joven naturalista a pasar dos años estudiando al mayor felino de las Américas. Ello, a su vez, derivó en un proyecto de protección del jaguar, lo que finalmente condujo a la creación del Santuario de Vida Silvestre de la Cuenca de Cockscomb o CBWS (por sus siglas en inglés). Si bien el santuario nació para proteger al jaguar, hoy se dedica también a la conservación y estudio de todas las facetas de la vida vegetal y animal de la cuenca, incluidos los árboles secos.

    La cuenca de Cockscomb es un accidente geográfico fuera de lo común, cuya parte inferior apareció por un levantamiento granítico hace 200 millones de años. Consiste en una depresión cóncava de 36 x 14 km, ocupa casi 500 km2 y está flanqueada por las faldas de las Montañas Mayas. Su nombre lo debe a una sierra llamada Cockscomb —“cresta”, en inglés—, porque se parece a la cresta de un gallo. Aunque da la impresión de uniformidad, al conjunto lo integran dos vertientes distintas: la occidental, que forma la cuenca del Swassey, y la oriental, que abarca la cuenca del South Stann Creek. La reserva, con elevaciones que van desde la principal cima de Belice, el Pico Victoria (1 200 metros), a montes de sólo cincuenta metros, comprende una extensión topográfica ideal para la conservación de flora y fauna de altura.

Sendero    Cockscomb es, en muchos sentidos, un espacio que se antoja mágico, desbordante de color y sonido. Las estrechas veredas de terracería, flanqueadas por densa vegetación, forman un túnel de salida para las aves, quienes cruzan en vuelos rasantes. Los riachuelos que se abren camino por la selva son también rutas naturales para los pájaros, de modo que las orillas de los ríos constituyen un lugar de primera fila para observar a las aves. Allí suelen mezclarse grandes parvadas de diferentes especies, a menudo encabezadas por un picoduro de cara negra (Pheucticus melanocephalus), seguido por tanagras (Tangara), pájaros carpinteros y sinsontes. Sus gorjeos animan la vida ribereña, cuando los rayos del sol van disipando las brumas del amanecer. Al mediodía, el bosque está callado, pues el intenso calor hace que los animales se retiren a refrescarse en las sombras, y llegando la noche sobreviene un estallido de coros que parecen inspirarse con la disipación del calor.

    El motivo para establecer la mayor reserva mundial del jaguar fue un estudio emprendido para la Sociedad Zoológica de Nueva York (hoy la Wildlife Conservation Society, o WCS), porque un campesino del lugar había observado que los jaguares —por lo común poco notorios— estaban volviéndose menos discretos y se dejaban ver en lugares donde antes no aparecían. A comienzos de 1980, James Hyde, secretario del ministro de Recursos Permanentes de Belice, preguntó a la filial beliceña de la Sociedad Audubon si ésta podía efectuar un estudio acerca del jaguar. En 1981, el departamento internacional de la Sociedad Zoológica se puso de acuerdo con la Sociedad Audubon para llegar a cabo la investigación y el doctor Alan Rabinowitz fue contratado para dirigirla.

    Desde un comienzo empezaron a obtenerse resultados alentadores: gracias a las bien conservadas selvas de Belice, los jaguares abundaban. Esto quizá se debiese a que la madera, el oro vegetal de las montañas beliceñas, había sido explotada racionalmente. La primera madera exportable fue la caoba, por lo cual las compañías madereras sólo buscaban caobos y el resto del bosque era dejado intacto. Además, mientras los países vecinos fueron eliminando sus bosques por el crecimiento demográfico, pues necesitaban terreno selvático para pastos y cultivos, en Belice hubo siglos de tala selectiva, lo que dejó zonas enteras, como la cuenca de Cockscomb, llenas de selvas de primera formación.

Rabinowitz    Anque había buenos bosques y agrupamientos de jaguares en otras zonas, Rabinowitz escogió el Cockscomb por su variada topografía, por las circundantes Montañas Mayas que forman la cuenca y por la densidad poblacional de jaguares. En el curso de dos años, Rabinowitz cazó a estos animales metiéndolos en jaulas de acero (que hoy se ven en el parque), utilizando cerdos como cebo; tras estudiarlos, les puso collares dotados de un aparato transmisor, que le sirvió para seguirles el rastro y determinar su radio de movimiento y sus hábitos.

    La investigación de Rabinowitz demostró que, a diferencia de sus parientes diurnos de Brasil, el jaguar beliceño caza de noche, e igual que aquéllos tiene un muy amplio radio de acción. Los machos recorren un territorio de veinticinco por treinta y ocho kilómetros cuadrados y las hembras la mitad, pero no existen zonas exclusivas y las de unos se traslapan con las de otros. Estos datos resultaron inestimables a fin de establecer cuánto parque de conservación era necesario si quería protegerse a un determinado número de felinos.

    Rabinowitz concluyó asimismo que el jaguar no es ninguna amenaza para los humanos y supone escaso peligro para el ganado. Al estudiar las deposiciones de los jaguares halló que su comida favorita eran los abundantes armadillos (el 53% de lo que ingerían), seguidos por los corzos rojos, de nombre mazama (Mazama rufa o americana), pecaríes, agutíes y zarigüeyas. Si bien ocasionalmente atacaban al ganado, lo hacían los machos preadultos y los jaguares débiles, por buscar un alimento fácil; además, si el ganado andaba en la selva sin que nadie lo cuidase, era fácil presa de los jaguares, señal de que éstos procuraban evitar los espacios abiertos.

Jaguar    Provisto de sus estudios, Rabinowitz se fue con los miembros de la BAS e insistió ante el gobierno de Belice a fin de que fuese creada una reserva en la cuenca de Cockscomb. En 1985, el Fondo Mundial para la Vida Silvestre (WWF) otorgó su primer subsidio. La medida inicial fue detener la caza en la cuenca, pero se siguió permitiendo la explotación de las concesiones anteriores, lo que hacía vulnerable al hábitat general del jaguar.

    Aunque en Cockscomb no ha habido descubrimientos arqueológicos equiparables al cercano Caracol, ciudad maya que señoreó sobre gran parte de El Petén (región norte de Guatemala), es posible que la tupida selva guarde más edificios, como ocurrió con las hoy llamadas Ruinas Pearce.

Tapir    Si bien estos lugares sirven de atractivos para los turistas que visitan Cockscomb, había en la reserva algunos poblados mayas contemporáneos, como Quam Bay, que necesitaban reubicarse. Inicialmente, los afectados se negaron a abandonar sus tradicionales milpas (campos de maíz) y se mostraron suspicaces acerca de que el nuevo parque les fuera a proporcionar ingresos, pero las políticas del BAS (contratar sólo a mayas del lugar para que hagan de administradores y de baqueanos), los ganó para la causa. En 1985, con todos los pueblos se formó el Centro Maya, donde el gobierno ha construido un centro comunitario, una escuela, un campo de futbol, calles y un dispensario, así como ha instalado drenaje, servicio eléctrico y teléfonos.

    De todas formas era difícil explicar el concepto de conservación a quienes tendrían que trasladarse de domicilio para cumplir con el concepto. Ernest Saqui, director del CBWS y habitante de uno de los pueblos cercanos, describe cómo, gradualmente, se fue ganando a sus coterráneos en apoyo de la reserva:

    “La gente pensaba que uno solo iba a ser quien se aprovecharía de todos. Se necesitaron tres años de labor de convencimiento. ¿Cómo sucedió? Primero, quien se encargara de convencerlos tenía que ser uno del lugar: los extranjeros siempre serán extranjeros, hagan lo que hagan. Yo entiendo cómo piensan mis paisanos, porque soy uno de ellos. Los temores que ellos sienten, también los siento yo y sus preocupaciones son las mías.

Choza maya    “Lo segundo que se hizo fue dirigirse a la comunidad. Me llevé al santuario a los cabezas de los consejos de los pueblos, que son quienes se atreven a hacer preguntas, y organicé una reunión con los funcionarios de ministerio de bosques y con la BAS. La reunión no cambió su manera de ver las cosas, pero al menos los hizo pensar. Poco a poco, los habitantes del Centro Maya comenzaron a entender las ventajas del santuario”.

    Conseguir el apoyo internacional para el santuario fue más fácil. En noviembre de 1985, el Peace Corps de Estados Unidos envió a Cockscomb al voluntario Daniel Taylor, especialista en reservas de vida silvestre. Taylor hizo de la zona un parque: construyó una casa, montó literas, cocina y servicios higiénicos y creó sendas para excursiones por la selva. En 1987 era contratado Ernest Saqui, primer director y el CBWS quedaba abierto al público.

    Por monumental que se pudiera considerar el paso dado, el territorio del parque apenas si era suficiente para que lo recorriese un jaguar. La BAS y otras entidades comenzaron a insisitr en que se ampliara el área otorgada a la reserva. Al cabo de cuatro años y medio de su creación, en noviembre de 1990, casi la totalidad de la cuenca fue designada reserva del jaguar. El territorio protegido creció veinticinco veces en relación a su tamaño inicial, lo que brindaba magníficas oportunidades para el estudio de la vida silvestre y para proyectos de conservacionistas.

Mono aullador    En 1991, los administradores de Cockscomb invitaron a la Sociedad pro Conservación de la Vida Silvestre a que analizara la posibilidad de reintroducir babuinos. Aunque capturarlos y luego reubicarlos parezca una cosa sencilla, la transplantación de especies es en realidad una tarea muy compleja. Hay que conocer su dieta al detalle y los animales tienen que ser acomodados de manera que habiten en lugares semejantes de la selva. Hay que indagar cuáles son sus probables depredadores, lo mismo que la extensión de sus territorios y el tamaño y conformación de sus grupos. Ese mismo año, más adelante, una vez realizado el estudio de factibilidad, la BAS, los Consultores Comunitarios de Conservación y la Sociedad pro Conservación de la Vida Silvestre pusieron en marcha el Proyecto de Reintroducción del Mono Aullador.

    Alguna vez, hace tiempo, el mono aullador negro (a quien los beliceños llaman “babuino”) fue tan numeroso en el Cockscomb, que sus gritos al amanecer y a la puesta del sol resonaban por toda la cuenca. Sin embargo, una epidemia de fiebre amarilla, en los años 50, y los destrozos causados por el huracán Hattie, en 1961, habían acabado con la población de monos.

    Entre mayo de 1992 y mayo de 1994, este gritón primate fue reintroducido masivamente en la cuenca que antes recorría a su gusto. Los monos fueron cazados con escopetas de dardos sedantes, se los metió en redes, se les tomaron muestras de sangre, se los pesó y se les dotó de transmisores de radio para su localización. Luego, todos, menos un grupo de control al que se liberó sin más, fueron colocados en jaulas de aclimatación durante uno a tres días. Entre 1992 y 1994 se trasladó a sesenta y dos animales; un año después, había ya setenta y cinco primates, con muchos grupos de bebés y jóvenes sanos. Hoy los aullidos de los monos hacen cacofónico coro con los del jaguar.

    El rápido éxito del Cockscomb ha impulsado al gobierno beliceño para hacer que el parque crezca cuanto sea posible. La ampliación más reciente ocurrió 1995, cuando se añadieron 16 mil hectáreas; desde entonces, el CBWS es una zona protegida de casi 100 mil hectáreas y abarca toda la cuenca de Cockscomb.

Guardias mayas    El parque es hoy mucho más que un santuario del jaguar. Para proteger a éste debe protegerse al armadillo, al pecarí y a otras especies que son su alimento, y para proteger al amardillo y al pecarí hay que proteger las plantas que consumen, muchas de las cuales, además, pueden tener valor medicional que aún se desconoce. En una época en que los ecologistas tienen que librar sus batallas ambientales árbol tras árbol, como gente cuyos intereses chocan con las necesidades tan reales de los nativos, que necesitan la selva para su supervivencia, el éxito de un parque como el CBWS es algo que debe celebrarse.

    En la introducción del El Santuario de Vida Silvestre de la Cuenca de Cockscomb, publicado en 1995, Alan Rabinowitz escribió: “Cuando me entregué a la tarea de proteger la cuenca de Cockscomb no lo hice pensando sólo en los jaguares. Pero la verdad es que jamás habría esperado que con tanta rapidez ocurriera un cambio en la manera de pensar, como el que se ha dado. Mi admiración es para las comunidades mayas de este lugar y para el pueblo beliceño en general por su previsión y entrega”.

Nuestro agradecimiento a los autores de "The Cockscomb Basin Wildlife Sanctuary", editado por Emmons, et al.


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