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NATURALEZA
UNA TIERRA INEXPLORADA
En la costa noreste de Honduras exploramos la Biosfera de Río Plátano, un lugar casi virgen que aún retiene sus secretos. Texto y fotos por Vincent Murphy Tuvimos que caminar día y medio entre remotos poblados, enormes pastizales y sombreadas veredas en medio de la selva para llegar a las orillas del Río Plátano. Pero los sufrimientos pasaron al olvido al navegar entre impenetrables muros de agreste vegetación, que se elevaba hasta el punto de formar toda una bóveda sobre el río. Estos fueron mis momentos favoritos, cuando nos encontrábamos a muchos días de distancia del resto de los seres humanos. De repente, tras habernos abierto camino a través de una serie de rápidos, llegamos a un largo trecho donde el río era más hondo y más ancho. El agua estaba tan quieta que la marcha de la balsa servía como el único indicio de la dirección de la corriente y el reflejo del entorno hacía que el cañón selvático pareciera tanto más profundo. Nuestro guía, Jorge Salaverri, condujo la expedición de diez días por la Reserva de la Biosfera de Río Plátano, desde el hontanar de éste en la montaña, pasando por la exuberancia de la selva tropical y por las comunidades de indígenas miskitos y pech de Las Marías, hasta la región costera de Mosquito, en el Caribe. La reserva se halla en la esquina noreste de Honduras, conocida como La Mosquitia, y abarca cinco mil doscientos cincuenta kilometros cuadrados [ver mapa]. La mayor área protegida de Honduras y la primera biosfera de Centroamérica es, a la par, una de las regiones selváticas del Mundo Maya que aún quedan por descubrir y cuenta, desde luego, como una de las reservas más importantes de Mesoamérica. Aunque cada jornada podíamos realizar una gira íntima por la jungla, comprendimos que la selva tropical revela sus secretos sólo lenta, cautelosamente, uno o dos por vez. En cierta ocasión, en un recodo, en la parte superior de las alas de una garcita rojiza, pudimos ver el brillante reflejo, entre naranja y rojo, del estallido del sol y también el flamazo errático de una enorme mariposa morfo con su azul metálico. En el frescor de la noche selvática, acampados en una playa del río, las luciérnagas salieron para competir con las estrellas. Mientras flotábamos corriente abajo, nuestra almadía era una excelente plataforma para observar la vida silvestre. Bien temprano una mañana divisamos un venado temazate, que mordisqueaba los hierbajos de la orilla del río. Más adelante alborotamos a toda una tropa de monos aulladores que dormitaban en los árboles. Un macho apareció de entre la copa de un árbol para reprendernos mientras pasábamos navegando: sacudía salvajemente las ramas en agresiva actitud, que resultaba divertida por su aspecto de osito de peluche. Una tarde nos sorprendió una cabecita curiosa que afloró junto a la balsa. Aunque las nutrias de río se comportan con recelo, llegan también a ser juguetonas, y ésta nos siguió por los rápidos y nadó en círculos alrededor de nuestra balsa. Al día siguiente arribamos a Las Marías, patria de los grupos indígenas miskitos y pech. Es el primer pueblo que se alcanza al llegar a la zona norte de la biosfera. Una biosfera es un tipo de reserva destinada a conservar los estilos de vida tradicionales de sus habitantes humanos, los cuales forman parte integral de un ecosistema protegido. Pescadores, cazadores, recolectores y agricultores, los miskitos y los pech están ligados a la selva que les rodea. De este entorno extraen alimentos y medicinas, abrigo y la satisfacción de casi todas la necesidades que llegan a tener. A su vez, conservan la selva, como lo hicieron sus antepasados. Mucho tenemos que aprender de su armonioso estilo de vida.
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