NATURALEZA

UNA TIERRA INEXPLORADA

Rafting

En la costa noreste de Honduras exploramos la Biosfera de Río Plátano, un lugar casi virgen que aún retiene sus secretos.

Texto y fotos por Vincent Murphy

Tuvimos que caminar día y medio entre remotos poblados, enormes pastizales y sombreadas veredas en medio de la selva para llegar a las orillas del Río Plátano. Pero los sufrimientos pasaron al olvido al navegar entre impenetrables muros de agreste vegetación, que se elevaba hasta el punto de formar toda una bóveda sobre el río. Estos fueron mis momentos favoritos, cuando nos encontrábamos a muchos días de distancia del resto de los seres humanos.

    De repente, tras habernos abierto camino a través de una serie de rápidos, llegamos a un largo trecho donde el río era más hondo y más ancho. El agua estaba tan quieta que la marcha de la balsa servía como el único indicio de la dirección de la corriente y el reflejo del entorno hacía que el cañón selvático pareciera tanto más profundo. Nuestro guía, Jorge Salaverri, condujo la expedición de diez días por la Reserva de la Biosfera de Río Plátano, desde el hontanar de éste en la montaña, pasando por la exuberancia de la selva tropical y por las comunidades de indígenas miskitos y pech de Las Marías, hasta la región costera de Mosquito, en el Caribe. La reserva se halla en la esquina noreste de Honduras, conocida como La Mosquitia, y abarca cinco mil doscientos cincuenta kilometros cuadrados [ver mapa]. La mayor área protegida de Honduras y la primera biosfera de Centroamérica es, a la par, una de las regiones selváticas del Mundo Maya que aún quedan por descubrir y cuenta, desde luego, como una de las reservas más importantes de Mesoamérica.

Cascada     Por su sobresaliente papel en la conservación de la diversidad natural y cultural, y por su riqueza arqueológica, en 1980 la Reserva de la Biosfera de Río Plátano fue distinguida por la UNESCO como Patrimonio de la Humanidad, título que comparte con la famosa ciudad maya de Copán, en la frontera occidental del país. Cada día, mientras Jorge levantaba el campamento y preparaba las balsas, había tiempo para explorar la selva a pie. Una mañana nos topamos con un enorme árbol, en medio de la selva, colmado de enredaderas, bromelias y orquídeas, sustentado además por anchas y planas raíces, que le servían de soporte, como las aletas de un cohete. Cerca de su base descubrimos una brillante esmeralda: el cuerpo caído de un escarabajo verde. De vuelta al río, seguimos la angosta carretera abierta por una diligente colonia de hormigas cortahojas que transportaban su cosecha de materia verde al nido.

    Aunque cada jornada podíamos realizar una gira íntima por la jungla, comprendimos que la selva tropical revela sus secretos sólo lenta, cautelosamente, uno o dos por vez. En cierta ocasión, en un recodo, en la parte superior de las alas de una garcita rojiza, pudimos ver el brillante reflejo, entre naranja y rojo, del estallido del sol y también el flamazo errático de una enorme mariposa morfo con su azul metálico. En el frescor de la noche selvática, acampados en una playa del río, las luciérnagas salieron para competir con las estrellas.

    Mientras flotábamos corriente abajo, nuestra almadía era una excelente plataforma para observar la vida silvestre. Bien temprano una mañana divisamos un venado temazate, que mordisqueaba los hierbajos de la orilla del río. Más adelante alborotamos a toda una tropa de monos aulladores que dormitaban en los árboles. Un macho apareció de entre la copa de un árbol para reprendernos mientras pasábamos navegando: sacudía salvajemente las ramas en agresiva actitud, que resultaba divertida por su aspecto de osito de peluche. Una tarde nos sorprendió una cabecita curiosa que afloró junto a la balsa. Aunque las nutrias de río se comportan con recelo, llegan también a ser juguetonas, y ésta nos siguió por los rápidos y nadó en círculos alrededor de nuestra balsa.

Niños Mayas     Recuerdo que durante un viaje anterior, saltamos de la balsa y hasta logramos deternerla por completo, contra la corriente, ante la aparición súbita de un puma junto a la orilla, a unos cuarenta metros río abajo. Husmeó el aire, se zambulló y nadó hasta el otro lado: al sacudirse el agua fue cuando nos vio, nos miró con suspicacia y desapareció en la espesura. En sus viajes por el río, Jorge ha visto tapires, pumas y cocodrilos, la inmensa águila arpía y la hermosa garza agamí o ventricastaña. A pesar de que en cada viaje encuentra sus huellas, aún no ha logrado ver un jaguar o un oso hormiguero gigante. Pero todo es cuestión de tiempo y de algo de buena suerte. La selva tropical, a la postre, revelará sus arcanos. Tras una semana de vagar por galerías de verde salimos a una llanura. Sobre las montañas del oeste, que dominan el valle, se erguía la roca Pico Dama. Luego anclamos en una delgada isleta del río, para nuestra última acampada en la selva. Encontramos rocas donde hay grabados dibujos primitivos, obras de artistas de una época desconocida. Uno era de círculos concéntricos, en otro figuraba un mono y un tercero mostraba a un hombre bien dotado.

Indígena Maya     En esas rocas y en otros peñascos río abajo hallamos imagenes de rostros humanos, serpientes, un venado, la representación espectacular, aunque estilizada, de un lagarto bicéfalo, potente símbolo de la creación entre los mayas. Poco se sabe de la historia de este paraje, pues apenas si ha sido estudiada. A pesar de todo, la presencia de centenares de sitios arqueológicos, amén de otros testimonios, han llevado a los arqueólogos a postular que esta comarca fue el centro de la cultura mesoaméricana durante dos siglos, a partir del año 1200 d.C.

    Al día siguiente arribamos a Las Marías, patria de los grupos indígenas miskitos y pech. Es el primer pueblo que se alcanza al llegar a la zona norte de la biosfera. Una biosfera es un tipo de reserva destinada a conservar los estilos de vida tradicionales de sus habitantes humanos, los cuales forman parte integral de un ecosistema protegido. Pescadores, cazadores, recolectores y agricultores, los miskitos y los pech están ligados a la selva que les rodea. De este entorno extraen alimentos y medicinas, abrigo y la satisfacción de casi todas la necesidades que llegan a tener. A su vez, conservan la selva, como lo hicieron sus antepasados. Mucho tenemos que aprender de su armonioso estilo de vida.

Río Plátano     De Las Marías salvamos el último trecho del río hasta la costa en un tuk-tuk, gran cayuco cuyo motor hacía un ruido parecido a su nombre. Un martín pescador anillado nos acompañó río abajo, allende las chozas de bambú y techo de bejuco de las familias miskitas costeñas. Ellas migran río arriba en la época de la seca para cuidar sus plantaciones de plátano macho, mandioca y arroz. Nuestro periplo concluyó en la costa caribeña, con sus largas playas vacías, en las que se ven esparcidos los cayucos que los garífunas usan para la pesca y desde los que se zambullen para capturar langostas. Aunque ya habíamos dado cuenta de nuestras raciones y las mochilas estaban tan vacías que nada costó levantarlas para meterlas en la avioneta que nos alejó de allí, partimos con mucho más que lo que trajimos al llegar. Nos llevamos esa humilde gracia y el buen ejemplo de la gente de la selva, un puñado de misterios grabados en piedra y unos cuantos secretos de la selva tropical.


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