VIDA DIARIA
EL CULTO A MAXIMÓN

Por
Erika Mendoza / Fotos por Ricardo Mata, Diego Molina y Johan Willens.
Aunque
de origen desconocido, Maximón podría interpretarse como la reencarnación
del dios maya Mam. También éste fue representado en una figura de madera,
a la cual solía vestirse como persona y se le ofrecían alimentos. Hoy,
Maximón tiene imágenes en muchos poblados guatemaltecos, como San Jorge
y Nahualá, aunque es en San Andrés Itzapa, Santiago Atitlán y Zunil donde
goza de gran fama. Cada Maximón posee diferente hechura y luce ropas distintas,
pero todos son objeto de profunda adoración.
Con la superimposición
del catolicismo sobre las anteriores creencias durante los siglos XVI
y XVII, Mam se convirtió en San Simón. Sin embargo, en la actualidad la
mayoría de sus fieles lo llaman Maximón, palabra formada por los vocablos
max (tabaco, en maya; de ahí que siempre se le vea con un gran puro en
los labios) y Simón.
A
lo largo de un año, Maximón reside en casa de algún miembro de la cofradía
de la Santa Cruz, la principal autoridad indígena de Atitlán . Ahí puede
recibir visitantes de todo el país, quienes llegan para pedirle favores
y le dejan dones en dinero y en especie, pues se considera una grave falta
no ofrecerle nada.
El
día siguiente, un dignatario maya recogerá las ropas de Maximón, y todos
los cofrades o miembros del concejo indígena sesionarán para presenciar
la vestidura de la imagen, ceremonia que va acompañada de constantes sorbos
de licor y dos o tres paquetes de cigarrillos.
La figura es revestida
tanto con atuendo típico de los Altos de Guatemala como europeo: muchas
bufandas de seda, algunos sombreros de fieltro y un gigantesco puro en
la boca. Vestir a Maximón es equivalente a "hacer a la imagen", ya que
su cuerpo no es otra cosa que capa sobre capa de ropas y bufandas. Luego,
resplandeciente con su nueva indumentaria, Maximón es venerado.
Hasta
hace unos años, como parte de los festejos de la Pascua en Santiago Atitlán,
Guatemala, la imagen de Maximón era ahorcada de una viga en la iglesia
del pueblo. Tal ceremonia fue prohibida y ahora la figura es colocada
en una pequeña capilla blanca y crema, de donde con anterioridad han sido
retiradas las demás imágenes sagradas.
Maximón permanecerá en
la capilla hasta después de las tres de la tarde del Viernes Santo, cuando
su guardián lo saque a hombros para participar en las tradicionales procesiones
que caracterizan la Semana Santa guatemalteca. Su paso va acompañado del
sonido de una gran carraca (rueda dentada de madera cuyo mango alguien
mueve haciendo que la rueda gire; entonces, una lengüeta de madera salta
de un diente a otro de la rueda y produce un ruido sordo). La muchedumbre
se aparta para darle paso. El mar de sombreros de paja que rodea la capilla
se pone en marcha -Maximón es venerado sobre todo por hombres- mientras
él y sus bufandas ondean airosamente en medio del gentío hasta llegar
adonde se ha formado la procesión, que marchará por las calles del pueblo.
Un encuentro
con Maximón
Nuestra
colaboradora Lola Reid viajó a Guatemala en busca de Maximón, la imagen
sacra más venerada por la población maya del país. En la siguiente crónica,
ella narra lo que, en sus propias palabras, fue un inspirador encuentro.
Rodeada
por los picos azul pizarra de cuatro volcanes, camino por las calles de
Santiago Atitlán, en los Altos de Guatemala. Me dirijo hacia una pequeña
casa de cemento, en exceso decorada, que se levanta en la cumbre de una
colina, como si se tratase de un templo colocado en la cima de una antigua
pirámide maya. Una franja de medio metro de pintura morada oscura decora
la mitad inferior de la pared, mientras que la mitad superior es verde
rojiza. Estos contrastantes colores compiten en llamar la atención al
lado de varias guirnaldas llenas de banderas de plástico, "herencia" del
Día de Muertos (2 de noviembre), con figuras recortadas de esqueletos
que bailan, comen y ríen.
En el interior de la
casa, dos estatuas de cristianos de piel oscura crucificados, flanquean
un Cristo blanco, muerto, colocado en un ataúd de cristal. Lucecitas de
navidad rojas y verdes, en alternado parpadeo, proyectan una espectral
iluminación sobre su cara pálida. Acurrucados en una banca de madera,
junto a la pared, ocho cofrades charlan amigablemente en tzutujil, su
lengua materna. Tambaleantes llamas de más de setenta candelas crean sombras
en la oscuridad. La mortecina luz del sol que se pone envuelve nuestro
mundo en un sudario de negrura.
Tres hombres suben por
una escalera de mano y desaparecen por una escotilla que hay en el piso
superior. Minutos después, un Maximón de madera, de más o menos un metro
de alto, es colocado reverentemente sobre una esterilla de bejuco, símbolo
de nobleza entre los antiguos mayas. Su boca aprieta firme un puro sin
encender. El jefe se limpia, sahumándose con la resina que arde en un
incensario hecho de un bote de café con asas de colgador de ropa y luego
ofrece el sahumerio a los demás, incluyéndome a mí.
De hinojos ante Maximón,
el jefe inicia la ceremonia en el latín que aprendió en las misas católicas,
pero luego pasa al tzutujil. Durante casi cincuenta minutos, este jefe
y otro hombre permanecen de rodillas. El ronroneo del tzutujil y el incesante
vaivén del incensario me hipnotizan. El humo invade la habitación y su
disipación se entiende como que los dioses y los antepasados lo consumen.
Llega una pareja tuztujil
vestida a la usanza tradicional, con cuatro hijos y la abuela. Tras la
presentación de las velas, el alcohol y el incienso, la joven madre se
sienta en una silla de madera de respaldo recto, frente a Maximón. La
mujer calza, sin calcetines, zapatos de charol de hombre, demasiado grandes
para sus pies. Le colocan sobre la cabeza el sombrero de Maximón. Las
bufandas pegadas al sombrero caen por la espalda de la mujer. El marido
se arrodilla junto a ella. Los tres niños mayores, serios, se quedan sentados
con la abuela, que sostiene a un bebé. Varias veces, durante el rito de
dos horas, el rezador hace girar el sombrero, de manera que las bufandas
cubren la cara de la mujer. De vez en cuando, coloca una capa sobre la
cabeza del marido, que le llega hasta los hombros. Casi al final del rito,
la abuela y los cuatro hijos se agazapan en el suelo junto al hombre y
la mujer.
Una vez que la familia
se ha ido, me explican que la mujer está perdiendo la vista. Los doctores
creen que podría mejorar con una operación en Ciudad de Guatemala, pero
la enferma prefiere apelar a la imagen, cuyos poderes curativos son legendarios.
Listos para beber, tras la larga ceremonia, los cofrades ofrecen a Maximón,
y a ellos mismos, más aguardiente. Estoy ansiosa de que me incluyan. Brindamos
en honor de Maximón y luego entre nosotros. Agradezco a los hombres su
hospitalidad y nos despedimos con un apretón de manos.
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