VIDA DIARIA
LA FIESTA DE LOS MUERTOS

EN CHIAPAS

Todas las ciudades y pueblos del estado mexicano de Chiapas festejan el Día de Muertos. La celebración, empero, adquiere significado especial en algunos sitios.

   Uno de ellos es Chiapa de Corzo, pequeña ciudad colonial a sólo 14 km de Tuxtla Gutiérrez, la capital. Ahí, los preparativos inician días antes, cuando hombres, mujeres y niños llegan al camposanto cargados de escobas, cubetas con agua, botes de pintura y brochas, para limpiar y remozar las tumbas. El 30 de octubre el panteón está lleno de rosas, margaritas, crisantemos, alcatraces y flores de nubilé.

   En las casas inician también los preparativos. Se instala un altar —en caso de que no exista permanentemente— con veladoras, santos y las fotos de los familiares muertos. La ofrenda es distribuida frente al altar.

   Para las llamadas “almas chicas”, se colocan dulces en forma de rosca y de varios animales denominados “almitas”; golosinas de diversos tipos, agua y pan. A las “almas grandes” se les ofrenda pan de muertos (un pan dulce de harina de trigo y manteca que sólo se prepara en esta temporada), chocolate, cigarrillos, dulce de calabaza, el platillo favorito del difunto y, si en vida fue aficionado a la bebida, una botella de mistela, popular licor a base de jocote, fruta de la región.

   Las almas de los niños llegan a este mundo el 1 de noviembre, día de Todos los Santos. Lo mejor es permanecer toda la jornada junto a las tumbas, para que los infantes muertos reconozcan a sus familiares y no se equivoquen de sepultura. Pero a ellos no hay que velarlos en la noche, porque las almas chicas se van a dormir temprano.

   Con las ánimas de los adultos pasa lo contrario. Por ello, entre la noche del 1 de noviembre y la madrugada del día 2, todo el pueblo de Chiapa de Corzo permanece despierto. Cuando se trata de recordar a algún personaje popular que ha fallecido, durante la noche de muertos se repite la misma ceremonia que se llevó a cabo el día de su velorio. Sus familiares rentan sillas y mesas que colocan en la calle, previamente cerrada al tráfico vehicular. Ahí, los hombres juegan naipes, dados, dominó y ajedrez, mientras platican recordando al difunto. Una vez que amanece, hombres y mujeres se van al panteón a despedir el alma de sus muertos, llevando un cirio encendido por cada familiar que hayan perdido.

   El 2 de noviembre hay fiesta en el camposanto de la ciudad. Algunas de las tumbas están adornadas con listones de colores, plantas tropicales y una silla, para que el alma del muerto pueda descansar durante su visita a este mundo. Al cementerio se llevan tríos, mariachis y marimbas, que interpretan las canciones favoritas de aquellos que, según la expresión popular, “nos llevaron la delantera”. A las 12 del día, una vez que los familiares han comido junto a las tumbas, se queman cohetes para anunciar que las almas han partido.



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