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VIDA DIARIA
SEÑORES DE LAS NUBES
Herederos de antiguas ciudades perdidas en la selva, los tzotziles son hombres y mujeres que se distinguen por su genuino orgullo y su mirada firme, casi retadora. Dicen ser los batsil uinic, "hombres verdaderos", y sus raíces están profundamente enterradas en la América prehispánica. Por David Díaz Gómez Los tzotziles integran un pueblo que durante siglos ha sabido conservar sus costumbres en las partes altas del estado mexicano de Chiapas. La mayoría vive en pequeños valles o las cimas de los cerros, entre las nubes, a alturas que van de los 1 500 a los 2 700 metros sobre el nivel del mar.
El tzotzil más conocido, Juan Pérez Jolote, cuenta en su biografía que "antes que naciera San Manuel, el sol estaba frío igual que la luna. En la tierra vivían los pukujes (demonios) que se comían a la gente. El sol empezó a calentar cuando nació el Niño Dios... Cuando aclaró bien el día y los pukujes huyeron, se escondieron en cerros, en barracas, para que no los vieran". Por su parte, los zinacantecos cuentan que cuando la imagen del santo patrono San Lorenzo llegó al pueblo, hablaba mucho, pero que a los principales no les gustaba que los santos hablasen, por lo que le echaron agua caliente en la boca y así lo callaron por siempre. Para los tzotziles todas las cosas del universo tienen chulel o alma, incluyendo lo material y lo natural. El alma de un hombre es algo que se puede perder o se puede robar; cuando esto sucede, el ser humano se enferma y corre el riesgo de morir. La creencia dice que si el tzotzil se porta mal con su familia, si maltrata el bosque sin razón o se niega a servir a la comunidad en la jerarquía religiosa (servicio que todos los tzotziles tienen que realizar) pierde parte de su chulel y enferma, anda malhumorado o triste. En el mundo mágico de los tzotziles impera el equilibrio: todo hombre nace con un doble animal que habita en el territorio de las deidades. Si el humano se porta mal, la dualidad animal cae en desgracia, deja de recibir la protección divina y puede sufrir un accidente, ser herida o cazada en el mundo real, lo que implica serios males para su par. El diagnóstico y la curación de las enfermedades del alma únicamente pueden ser realizados por el ilol o curandero. Varios rezos, ofrendas de flores y velas ante imágenes sagradas en iglesias, en los ojos de agua o en las cuevas de los cerros, son suficientes para rehabilitar el chulel del tzotzil. Los curanderos también son expertos en dar buenos consejos que orienten al "hombre verdadero" en su comportamiento cotidiano con la familia, la sociedad y la naturaleza, evitando así que cometa actos de consecuencias funestas para su alma. LA SOCIEDAD TZOTZIL El mundo real de los tzotziles no es tan poético como el mitológico. La mayoría de las mujeres siguen pariendo a sus hijos arrodilladas en el suelo, con el auxilio de suegras y cuñadas o con la asistencia de una comadrona. Niñas y niños ayudan a sus mayores en labores cotidianas. Los varones asisten en las milpas y en el corte de la leña. Las niñas aprenden a preparar las tortillas, acarrean aguaa veces desde sitios a varios kilómetros del hogary siguen la tradición materna de tejer sus prendas. Si hay tiempo, van a la escuela.
Los hombres emigran a trabajar por temporadas en fincas cafetaleras o campos de maíz de otras regiones del estado. Laboran como peones y ahorran gran parte del dinero que ganan: los jóvenes para casarse y los adultos para sufragar gastos de la jerarquía religiosa y civil de su comunidad.
Cualquier tzotzil que se digne de serlo debe participar, cuando menos una vez en su vida, en la jerarquía tradicional de su pueblo. El hombre está obligado a dejar a su pareja durante un año y atender, en la sede del cabildo tradicional, todas las acciones que demande su investidura. Sus deberes principales son colaborar y organizar los festejos dedicados a los santos patronos que le sean asignados. Esto significa un complejo ciclo anual de festejos que termina por abatir los bolsillos de los participantes.
El matrimonio entre tzotziles exige un previo y largo ritual de cortejo por parte del joven ante sus futuros suegros. En él intervienen pedidores miembros respetables de la comunidad y un buen número de regalos para la familia de la novia. Antes de pedirla en matrimonio, los padrinos se presentan frente a los padres de la muchacha para exponer las bondades del aspirante a yerno. Cuando se formaliza la relación, el joven pretendiente efectúa periódicas visitas llevando prebendas como frutas, algo de maíz, frijol, dulces para los cuñados menores y botellas de aguardiente (posh, en tzotzil) para el suegro o piezas nuevas de madera para el telar de la suegra. También hace trabajos en el campo que lo congratulen con la familia de la novia.
Los matrimonios tzotziles se tratan con sumo respeto, cada quien abocado a su responsabilidad dentro del núcleo familiar. Sólo en la jerarquía religiosa la mujer nunca ocupa un puesto de autoridad. La infidelidad casi no existe pues, según la tradición, los hombres que la cometen corren el riesgo de perder parte de su alma y las mujeres pueden ser víctimas de Viniktón, fantasma con cuerpo de burro que mata a las infieles en el bosque.
El rechazo de los tzotziles a todo aquello que no provenga de sus tradiciones y creencias va más allá de instalar autoridades paralelas. Cuando enferman, por ejemplo, acuden primero al curandero antes que consultar en un centro de salud oficial. Los iloles son expertos en herbolaria tradicional y en sus recetas la mezclan con rezos, velas y el sacrificio de algunas aves de corral. El diagnóstico parte de lo que la sangre "dice". Para lograr esto el ilol toma el pulso del enfermo y "escucha" lo que el flujo sanguíneo le dicta. Los curanderos también obtienen sus diagnósticos "tirando el maíz": por la forma en que caen al piso los granos de un puño de maíz pueden saber cuántas partes del alma del enfermo se han perdido. Si el mal es una enfermedad de ladino (todo aquel que no es tzotzil es un caxlán o ladino), como viruela, tuberculosis o gripe asiática, el curandero aconseja al paciente acudir a un centro de salud. Así es el mundo mágico de los tzotziles. Un mundo en el que el relieve, la vegetación y el clima son menos importantes para determinar el paisaje que las formas de asentamiento, los métodos económicos ancestrales y los signos culturales. Un mundo en el que cerros, valles, bosques y manantiales están cargados de un profundo significado.
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